#23 ‘Más árboles que ramas’ de Jorge Wagensberg

No soy muy amigo de las frases lapidarias, las bengalas aforísticas, de Twitter (aunque haga uso de él) y de otros formatos comprimidos en los que resalta más la anécdota que la sustancia.

De un tiempo a esta parte, consciente de que navego a contracorriente con un salmón, prefiero un buen argumento sostenido en veinte páginas con una bibliografía que consultar antes que un ripio que suena bien pero que deposita en el receptor la tarea de llenar de contenido el continente. Tal y como sucede con un mantra, con un todos a una o con una canción.

Y sobre todo repudio la repetición de estas cápsulas micronarrativas cuando proceden de tiempos pretéritos, como si la verdad esencial de las cosas no solo se hubiese alcanzado ya, sino que ya no merece la pena reflexionar más sobre ello. En ese sentido, os recomiendo un libro de Aurelio Arteta de reciente edición, Tantos tontos tópicos, que se dedica, uno a uno, a rebatir dichos populares que llevamos repitiendo desde hace décadas. Del tipo: Todas las opiniones son respetables, y cosas así.

Y sin embargo, a pesar de todo lo dicho, he paladeado a sorbos cortos extremadamente placenteros esta colección de aforismos de Jorge Wagensberg, titulado brillantemente Más árboles que ramas. Disfrutando intelectual y emocionalmente de cada página.

¿Razones?

Porque Wagensberg no repite las fórmulas de nadie: son todas de cosecha propia, fruto de reflexiones surgidas de una mente alfanumérica, es decir, en la que se conjuga el amor por la ciencia y el amor por la literatura (todo un rara avis en el universo aforístico). Recordemos que Wagensberg es doctor en Física y profesor de Teoría de los Procesos Irreversibles en la Universidad de Barcelona. Y además es autor de diecinueve libros y de múltiples trabajos de investigación sobre termodinámica, matemáticas, biofísica, microbiología, paleontología, entomología, museología científica y filosofía de la ciencia.

Otra razón: porque precisamente planea en la colección de Wagensberg un continuo sentimiento de revolución, de no repetir lo que otros dijeron, de pensar por uno mismo y de no vedar el paso a ningún terreno intelectual: no en vano, uno de sus aforismos es “Cambiar de respuesta es evolución, cambiar de pregunta es revolución.”

En conclusión, Más árboles que ramas son 1116 aforismos con un punto poético, otro punto filosófico y otro científico, entre los que encontramos perlas como “Si no fuera por la crisis, aún seríamos todos bacterias”.

Editorial Tusquets
Metatemas MT – 121
ISBN: 978-84-8383-406-0
264 pág.

Sitio Oficial | Ficha en Tusquets

#22 ‘La cuchara menguante’ de Sam Kean

No somos conscientes de lo importante que es la química en nuestro día a día hasta que contemplamos la realidad bajo el prisma adecuado. Por ejemplo, echemos un vistazo a una bicicleta.

Una bicicleta no es más que algo de mineral de hierro, cromo y aluminio tomado de la tierra, algo de cuero de vaca, algo de savia de árbol tropical, algo de aceite del subsuelo. Luego se funden los metales, y se vacían en distintos moldes. Se vulcaniza la savia hasta que se obtiene caucho y se moldea hasta formar anillos circulares. Se fricciona el aceite para obtener plástico y moldear. Se moldea el cuerpo hasta darle forma de asiento. Se deja enfriar. Y, voilá, ya tenemos bicicleta.

La química son los ladrillos que constituyen todas las cosas que nos rodean, incluso nosotros mismos.

Sam Kean colabora en diferentes medios como New York Times, Slate, The New Scientist o la revista Science y fue finalista del premio Everet Clark / Seth Payne que concede la National Association of Science Writers al mejor escritor de divulgación científica menor de 30 años. Así que ya os podéis imaginar lo sustancioso que es su libro La cuchara menguante.

Probablemente uno de los mejores libros de divulgación científica que he leído en años, y eso que trata esencialmente de una disciplina científica que no me atrae especialmente: la química.

 

El hilo conductor de esta obra es la Tabla Periódica de los Elementos. Una tabla que llegué a odiar con todas mis fuerzas en el colegio, cuando el profesor me obligaba a memorizarla (sin apenas entender casi nada de lo que estaba memorizando). Pero Kean no escribe un libro al uso.

O sí, pero lo hace condenadamente bien. Kean sabe introducir los temas de una forma distinta, tirando del hilo de otros asuntos llamativos, enfocando el tema central desde sus vértices menos conocidos, dibujándolo todo con lentitud y oficio, hasta conseguir que el simple viaje nos parezca fascinante. Kean se asombra por todo lo que le rodea, y consigue transmitir su asombro como el mejor de los poetas.

Además, Kean parece escribir la biografía de cada elemento químico, convirtiéndolo casi en un personaje histórico muy interesante, y entonces los elementos dejan de ser meros símbolos que no dicen nada a los legos en química.

Además, Kean no se olvida de la ciencia pop, y penetra con su maestría divulgadora en las respuestas a preguntas tan irresistibles como ¿Qué llevaba a Ghandi a odiar el yodo? ¿Por qué los japoneses introducían cadmio en los misiles que iban a matar a Godzilla? O, ¿por qué el telurio condujo a la más extraña fiebre del oro?

En definitiva, un libro completísimo para paladear con pausa. Un libro como pocos se escriben. Una oportunidad de descubrir que la divulgación científica, especialmente la árida química, puede ser tan fascinante como un libro de historia y otro de sociología, todo combinado y agitado en una coctelera donde se agitan los elementos de la tabla periódica.

Editorial Ariel
432 páginas
ISBN: 978-84-344-1364-1

#21 ‘Aquí en la Tierra’ de Tim Flannery

Una de las razones que me llevaron a leer este libro fue (sí, llamadme simplón) la entusiasta recomendación que hacía de él mi escritor de viajes favorito, Bill Bryson.Cuando publique mi primer libro de viajes, una de las cosas que me gustaría hacer es viajar hasta su casa para entregarle una copia, no digo más.

La recomendación de Bryson reza lo siguiente: “Absorbente, divertido e increíblemente erudito”. Sin embargo, no estamos ante un libro divertido. Sí, es absorbente y erudito, pero bajo ningún concepto es divertido (ni siquiera si lo leéis bajo los efectos de algún tipo de droga). Aquí en la Tierra es más bien una biografía especie y del estado medioambiental de nuestro planeta que, si bien contiene algunos argumentos para la esperanza, en general mantiene un tono pesimista y catastrófico. Así que, a no ser que te haga mucha gracia descubrir que al mundo le quedan dos telediarios, Tim Flannery, el autor, en ningún momento resulta divertido.

Flannery fue elegido en 2007 australiano del año, es profesor de Sostenibilidad Medioambiental de la Universidad Macquarie y representante de National Geographic en Australia. Sin duda es uno de los ecologistas más populares del mundo. Así que ya os podéis imaginar hacia donde están dirigido sus argumentos: sin duda, Aquí en la Tierra es un excelente contrapunto de El optimista racional, de Matt Ridley, o El triunfo de las ciudades, de Edward Glaeser. Y solo por ello, vale la pena su lectura: para equilibrar la balanza de lo anteriormente leído. Para quien no haya profundizado en las posturas contrarias a las esgrimidas por Flannery, sin embargo, quizá su libro resulte un tanto descorazonador.

En cualquier caso, Flannery intenta, dentro de sus posibilidades cognitivas (y es que todos tendemos a defender determinadas posturas más allá de nuestra racionalidad), intenta, digo, ser equidistante. Respeta por ejemplo los planteamientos de Richard Dawkins, los biológicamente deterministas, los de los genes egoístas, los de buscar incentivos para que la gente haga cosas buenas por el mundo dado que las personas, en esencia, son solo buscan el bien propio. Y trata de equilibrarlas con las ideas de James Lovelock acerca de su teoría Gaia, de que la cooperación sí que está en nuestros genes, de que todo el mundo es bueno y que se puede cambiar globalmente al mundo introduciendo los memes adecuados.

 

Flannery respeta ambas posturas, aunque evidentemente se moja un poco más por la de Lovelock. No voy a usar esta reseña para desentrañar asuntos tan peliagudos pero, sea cual sea vuestra idea de base, al menos el viaje por las páginas de Flannery os servirán para conocer muchos aspectos del planeta que probablemente ignorabais. Todo ello presentado bajo epígrafes llamativos y anécdotas muy jugosas: Flannery es un ensayista absorbente, como bien decía el bueno de Bill Bryson.

¿Cuál es la naturaleza de la Tierra? ¿Es análoga a una célula, a un organismo o a un ecosistema? ¿Cuánta energía requiere para funcionar? ¿Para qué se utiliza esa energía y cómo se despliega? ¿Cómo son de flexibles los sistemas de la Tierra? ¿Pueden soportar graves desafíos? ¿Es posible incrementar su capacidad de resistencia y su productividad? ¿Y qué hay de nosotros? ¿Estamos constituidos por la selección natural para ser tan egoístas y codiciosos que estamos abocados a la catástrofe? ¿O hay razones para creer que podemos superar los problemas que afrontamos y permitir que nuestra civilización siga adelante? ¿Y qué hay de la civilización en sí? ¿En qué consiste exactamente?

En definitiva, un libro que, en su conjunto, resulta un buen argumento contra un artículo que recientemente publiqué acerca del consumismo: ¿Somos ahora más materialistas y despilfarradores que antes?

#20 ‘Adáptate’ de Tim Harford

Estamos ante el enésimo ensayo escrito por un economista que, en realidad, trata de abarcar todos los temas que conciernen al ser humano desde un punto de vista sistemático, racionalista, matemático y, por supuesto, económico. Sazonándolo todo con unas cuantas anécdotas históricas o unos pequeños y brillantes análisis oblicuos, a contracorrientes, como un salmón muy brioso, a propósito de hechos cotidianos contemporáneos (políticos, empresariales, sociales, etc.).

Éste es el armazón del libro de Tim Harford, el exitoso autor de El economista camuflado. Es el armazón de Adáptate, fue el armazón de El economista camuflado o La lógica oculta de la vida, y es el armazón de todas las obras de Harford. Como lo es de las obras de Steven D. Levitt, Stephen J. Dubner, Malcolm Gladwell y otros.

Solo por el armazón, pues, son libros disfrutables. Y Adáptate no es la excepción. A pesar de que el libro se venda como una especie de respuesta a los problemas que se nos avecinan, sobre todo a raíz del actual crack financiero, no esperéis una relación de soluciones prácticas y eficientes para combatir lo que viene. Adáptate es más bien estimula la reflexión, nos permite avirozar el panorama desde una atalaya un poco más elevada de lo habitual. Por ejemplo, descubriendo que el fracaso continuado acostumbra a ser la mejor receta para el éxito.

Pero el asunto que Harford aborda con mejor tino, y que particularmente siempre me ha interesado (sobre todo a raíz de la lectura de El cisne negro, de Nicholas Taleb Nassim), es que vivimos rodeados de doctos ignorantes, de llamados expertos que en realidad no lo son tanto (sobre todo porque nosotros mismos damos demasiada importancia a lo que sale por sus bocas). Porque nos encanta los tangible, la confirmación, lo explicable, lo estereotipado, lo teatral, lo romántico, lo pomposo, la verborrea, la Harvard Business School, el Premio Nobel y, sobre todo, la narración; que todo se nos explique en forma de fábula o cuento para que nuestro sistema crítico quede todavía más inerme de lo habitual.

Sin embargo, si escucháramos a las declaraciones de expertos en economía, por ejemplo, descubriremos que individuos con el mismo nivel de formación no solo opinan cosas distintas sobre la estrategia que debemos seguir para salir de la crisis financiera, sino que vierten opiniones diametralmente opuestas.

Naturalmente, eso no quiere decir que las cosas nos irían mejor si nuestro presidente del Gobierno fuera un chimpancé (aunque quién sabe). Lo que ocurre es que deberíamos creer que los expertos siempre están seguros de lo que deben hacer (aunque lo parezca). Que los expertos saben más que nosotros, pero no mucho más. Y que los expertos aún ignoran mucho más de lo que admiten (sobre todo en en ámbito de las ciencias sociales).

Solo por asimilar un poco más esta enseñanza tan elemental pero relevante para movernos por el mundo, ya vale la pena la lectura de este entretenido y, a ratos, divertido ensayo de Tim Harford. El tercero que leo de él. Por algo será.

#19 ‘Ciencia loca’ de Theodore Gray

Este libro, Ciencia Loca, de Theodore Gray, no está dirigido a los que, ante una película de entretenimiento, de prestidigitación narrativa y de risa escandalosa fruncen el entrecejo y mascullan que el guión carece de coherencia; o que adolece de una pequeña argucia argumental o que hay un pequeño error ahí, diminuto pero clamoroso, el típico error que solo adviertes si no te has dejado secuestrar por el filme. Es decir, este libro no es apto para los que, al sentarse, notan una protuberancia saliendo de su recto: un palo en el culo, como suele decirse.

Por el contrario, Ciencia loca está dirigido a los que disfrutan de la ciencia y la tecnología en todas sus manifestaciones, a los seguidores de Cazadores de mitos, El mundo de Beakman o a la pequeña sección de ciencia recreativa de El hormiguero orquestada por el opaco Hombre de Negro.

Ciencia Loca es la ciencia más práctica y experimental llevada hasta sus límites más grotescos, como un espectáculo circense, sí, pero también como una forma de entender mejor algunos principios (y sin duda un vehículo para que se queden grabados para siempre en el hipocampo del cerebro). Cienca Loca son explosiones, efervescencias, cambios de color, volcanes en el comedor de casa, ruidos infernales y carcajadas de Mad Doctor o doctor Fronkonstin aullando “¡está vivooo!”

En definitiva, Ciencia loca son más de 200 páginas a todo color con 55 experimentos científicos que todos nosotros podríamos hacer en casa. Todos ellos, os lo garantizo, son experimentos que nunca antes habréis visto en televisión o por Internet. Como la fabricación de una cuchara que se derrite en agua caliente, la obtención de un helado instantáneo, construir balas de plata para matar hombres lobo, convertir arena en acero o incluso fabricar un sol de fósforo.

 

Todos los experimentos constituyen una selección de la columna Gray Matter que el autor mantiene en la revista Popular Sciencie y que, en Ciencia Loca, se les ha dado un tratamiento más extenso. No en vano, el éxito de este libro en su edición estadounidense ha contado con el aplauso de premios Nobel, autores como Oliver Sacks o los directores de las revistas científicas más prestigiosas.

En definitiva, un libro MTV que, por su exquisito cuidado en la edición y el gran despliegue gráfico, debería lucir en toda librería de una persona mínimamente curiosa. O un poco loca.

Gordon Moore, confundador de Intel y padre de la revolución informática, se dio a conocer en su juventud por hacer explotar nitroglicerina casera en Sand Hill Road, lugar que luego se convirtió en un erial y ahora es el corazón del Silicon Valley que él mismo contribuyó a levantar. En Londres, durante la Segunda Guerra Mundial, los experimentos químicos del joven Oliver Sacks amenazaban la integridad de su casa casi tanto como las bombas alemanas.

#18 ‘Por amor a la física’ de Walter Lewin

No es que suframos algún tipo de minusvalía mental, es que a todos nos gustan las historias. Las historias constituyen el método más eficaz para transmitir ideas sin que parezca que estamos transmitiendo ideas, o que estamos en clase un lunes por la mañana.

No es que suframos una minusvalía mental, es que si los conocimientos se encapsulan y se engalanan con historias, con ejemplos, con analogías, con imágenes, con participación, con inteligencia lateral, entonces los conocimientos se cuelan en nuestra mente sin apenas esfuerzo. En lo más hondo. Allí donde también residen las emociones. Porque nuestro cerebro está cableado para escuchar y asimilar historias, no lecciones. Y menos si son lecciones impartidas desde una distante cátedra del tipo no-cuestiones-lo-que-digo-y-memoriza.

Consciente de ello, Walter Lewin lleva más de cuarenta años impartiendo clases que parecen historias, donde incluso él mismo se propone como protagonista (ha puesto su cabeza delante de una bola de demolición, se ha aplicado una sobrecarga de 300.000 voltios y otras lindezas ante un auditorio enmudecido). Y Lewin ha conseguido perfeccionar tanto su actividad docente que sus clases de física en el Instituto Tecnológico de Massachusetts son recordadas con cariño por miles de estudiantes. También sus videolecciones colgadas en Youtube y iTunes University le han convertido en una estrella con más de un millón de visualizaciones al año.

Walter Lewin no solo quiere enseñar lo que sabe, ni siquiera pretende exhibir lo que sabe… su único propósito en lograr que la gente, incluso la menos motivada, aprenda de verdad lo que enseña. Como se aprenden las buenas historias.

Bajo esa filosofía, Lewin ha escrito este Por amor a la física, que recoge algunas lecciones de física explicadas de una forma que resultarán seductoras incluso para quienes no tienen interés por la física, además de jalonar el texto de docenas de anécdotas sobre su vida como investigador y docente. Respondiendo preguntas curiosas, sí, pero también ofreciéndonos más que la simple y llana respuesta. Preguntas del tipo ¿por qué los colores del arco iris está siempre ordenados de la misma manera?

Lewin es ese profesor genial y cercano que incluso físicamente nos recordará a Doc Brown, el inventor loco de la película Regreso al futuro. Y después de leerle, nos sentiréis, os lo garantizo, un poco como los miles de estudiantes que pasaron por sus clases y le recuerdan con cariño, por ser un gran profesor, una gran persona y, sobre todo, alguien que consiguió instilar el amor por el conocimiento más fundamental que posee la especie humana: la física.

No uses las palabras “Crimen”, “Muerte” o… “Dinosaurio” para no herir sensibilidades

Está prohibido usar las palabras que aparecen en esta lista. En esta relación de palabras podemos encontrar términos como “crimen” o “muerte”, por sus connotaciones funestas. Tampoco podemos emplear la palabra “dinosaurio”, porque podría herir la sensibilidad de los creyentes en el creacionismo. No, no estamos ironizando ni esto es el principio de una novela distópica de George Orwell.

Son las palabras, conceptos o frases ofensivas que el Departamento de Educación de la Ciudad de Nueva York ha dado a conocer a fin de que sean erradicados de los exámenes escolares estandarizados que se lleven a cabo en los colegios de la ciudad.

Halloween es una fiesta pagana; cumpleaños no sugiere un día feliz para los testigos de Jehová; los términos relacionados con riqueza pueden originar celos…. es decir, de nuevo, con el lenguaje, nos la debemos coger con papel de fumar.

Porque seguimos creyendo que el lenguaje modela mentes, empozoña almas, discrimina a colectivos, empuja a actos deleznables. Como si el lenguaje fuera algo así como un conjuro de Harry Potter. La idea que subyace a esta estrategia es que las palabras y las actitudes son tan inseparables que podrían predisponer las actitudes de las personas.

Y sí, un discurso persuasivo puede ser hechizante. Pero las palabras, por sí mismas, apenas tienen poder persuasor. Las palabras no modela una mente, es la mente la que modela palabras. Nuestro vocabulario es un reflejo de nuestra idiosincrasia: censurarlo no censurará ni un ápice de nuestra idiosincrasia.

 

Por eso no sirve de nada evitar las palabras: enseguida otros sinónimos se contaminarán de nuestras ideas, o inventaremos palabras nuevas que estén impregnadas de nuestras ideas. Es lo que los lingüistas conocen como la rueda del eufemismo, que explica así el psicólogo cognitivo Steven Pinker:

La gente inventa palabras nuevas para referentes con una carga emocional, pero el eufemismo se contamina pronto por asociación, y hay que encontrar otra palabra, que enseguida adquiere sus propias connotaciones, y así sucesivamente. Así ha ocurrido en inglés con las palabras para denominar los cuartos de aseo: water closet se convierte en toilet (que originariamente se refería a cualquier tipo de aseo corporal), que pasa a bathroom, que se convierte en restroom, que pasa a lavatory.

Las palabras no son las que modelan la mente de las personas, sino los conceptos. Podemos bautizar un mismo concepto con diferentes nombres, pero el concepto permanece, y acabará invadiendo al nuevo nombre.

Luego está el tema de ofender las creencias irracionales de la gente, que aún tiene más tela. Si términos como “evolución” o “dinosaurio” ofende a una persona en su creencia en el creacionismo, el problema es el del creacionista: esgrimir creencias estúpidas trae aparejado algunos efectos colaterales. Como que los conocimientos científicos te ofendan. Como que la gente te critique por intentar adoctrinar a escolares a través de libros medievales que se contradicen con los hechos empíricos. O sencillamente, que parezcas tonto. En ese caso, la mayor ofensa a un creyente en cosas de este tipo es precisamente llevarle la corriente. Si vemos a un tipo con sombrero y mano en el pecho asegurar que él es Napoleón, será más irrespetuoso callarnos que intentar ayudarle.

Naturalmente, esto ocurre en toda clase de personas: también entre científicos ateos frente a argumentos de creyentes. Aunque, en este caso, el hecho no es tan flagrante porque los científicos acostumbran a aducir pruebas (o se limitan a negar que no creen, y la carga de la prueba está en el que afirma, no en el que niega). Y raramente veremos que un científico se siente ofendido en sus creencias si un creyente critica sus ideas científicas: sólo es buen científico precisamente el que anhela encontrar errores en sus ideas a fin de armar ideas mejores. En el caso del creyente, incluso se aplaude la inmovilidad de las ideas aunque todo apunte a que están equivocados.

(En ese sentido, resulta curioso lo de tener que respetar las creencias ajenas: si se respetaran todas las creencias, también debería respetarse el no respetar determinadas creencias. O incluso deberíamos respetar ideas como el nazismo, la esclavitud o la pederastia. Las ideas no merecen respeto, sino las personas; y las personas no deberían ser sus ideas, sino difícilmente progresarían y aprenderían de los errores de las mismas).

Pero bueno. Si hay gente que considera que debemos proteger a determinadas personas en etornos profilácticos donde se le tenga vedado el paso a términos como “dinosaurio”, tampoco creo que ninguna de esas personas lea este artículo (o le sirva de algo más que para sentirse profundamente ofendidos). Así que dejo de gastarme la yema de los dedos.

La lista por completa, para los curiosos, a continuación:

Abuso

Alcohol, tabaco y drogas

Cumpleaños

Funciones corporales

Cáncer y otras enfermedades

Catástrofes (tsunamis, terremotos…)

Famosos

Niños que se ocupan de cosas importantes

Cigarrillos

Ordenadores en casa

Crimen

Muerte

Dinosaurio

Divorcio

Evolución

Regalos caros, vacaciones, premios

Juegos de azar

Halloween

Sin hogar

Casa con piscina

Caza

Comida basura

Discusiones sobre deporte

Pérdida de empleo

Armas nucleares

Ciencias ocultas

Parapsicología

Política

Pornografía

Pobreza

Música rap

Religión

Celebraciones religiosas

Rock

Irse de casa

Sexo

Esclavitud

Terrorismo

Vídeojuegos

Material que pueda dañar sentimientos, como las perreras

Plagas (de ratas, cucarachas…)

Violencia

Guerra y derramamiento de sangre

Armas

Hechicería

#17 ‘Es mi tipo’ de Simon Garfield: un libro sobre fuentes tipográficas

El universo de la tipografía es fascinante. Tiene sus expertos, los defensores a ultranza de unas tipografías frente a otras, existen guerras internas, falsificaciones, plagios, de todo. Como en una película de espías cuyos protagonistas fueran la A y la B. Como si la historia de la tipografía corriera paralela a la historia de un cónclave de brujos que elaboran secretas pócimas.

No en vano, un tipógrafo puede pasarse hasta 10 años perfilando un tipo de letra, hasta que consigue que encaje entre sí y no se desajuste al cambiarla de tamaño, justificarla y demás contorsionismos. Por eso no es extraño que una buena tipografía, que permanece estable hasta el más mínimo detalle después de maquetarla en un texto de 200 páginas, pueda pagarse a un precio elevado.

No hay nada más estimulante que bucear en el origen de las formas de las letras es como analizar nuestro código genómico para averiguar por qué se nos ha quedado esa nariz tan aguileña.

El alfabeto tal y como lo conocemos empezó a forjarse de la mano de los fenicios hace 3.500 años, y cada letra de ese primer alfabeto era la inicial de un objeto ligado a la vida cotidiana. La A, por ejemplo, fue llamada álef, palabra que en fenicio significa “buey”. Si le damos un giro de 180º a la A y, con un poco de imaginación, al triángulo que queda abajo le colocamos ojos y nariz, obtendremos a un buey sus cuernos y todo. Pero eso solo es la punta del iceberg. Porque los tipógrafos han ido moldeando esas formas esenciales para hacerlas más agradables a la vista. O más persuasivas. O más “algo”.

 

De eso trata este libro fascinante del del periodista británico Simon Garfield: Es mi tipo. Después de su lectura, agradable, jalonada de datos curiosos, uno podrá decir que ha vislumbrado la inextricable complejidad del mundo de las letras. Desvelando misterios como: ¿por qué tanta gente odia la fuente Comic Sans? ¿Qué pasó cuando Ikea cambió a Futura por Verdana? ¿Por qué Helvética es tan interesante? ¿Cuál es la fuente favorita de Hollywood? ¿Por qué hay fuentes que gustan a hombres y otras que gustan más a mujeres?

En definitiva, una delicia de libro que te permite dar la importancia que se merece a todas esas manchas de tinta o de bits que nos pasamos el día leyendo.

Editorial Taurus
Colección: Taurus Pensamiento
Páginas: 376
ISBN: 9788430608263

#16 ‘Contra el rebaño digital’ de Jaron Lanier

Todavía se me dibuja una sonrisa en los labios cuando recuerdo aquella escena de El dormilón. Cuando Woody Allen, tras descubrir que se ha pasado doscientos años durmiendo, suspira y explica apesadumbrado que, de haberse pasado todo ese tiempo yendo a terapia, ahora ya casi estaría curado. Casi.

Y es que estamos condenados a arrostrar todos nuestros líos mentales de por vida, por mucho que acudamos al terapeuta o al confesor. Y si logramos arreglar uno de esos líos (sea lo que sea lo que signifique eso), entonces generaremos otros nudos, como al intentar desenredar el cable de unos auriculares que han permanecido demasiados días dentro de nuestro macuto.

Con el advenimiento de la tecnología, enseguida saltaron a la palestra las voces agoreras que defenestran cualquier novedad (los mismos que, disfrazados de luditas, tiraban piedras a los telares mecánicos; los mismos que creían que el horno microondas producía cáncer). Dijeron que las nuevas tecnologías de la comunicación nos convertirían en seres alienados, apáticos y autistas. Aún me estoy riendo.

Y es que las nuevas tecnologías han demostrado en un tiempo récord justo lo contrario: ahora nos comunicamos más con los demás, también quedamos más en persona con los demás, e incluso los mundos alternativos como los de Second Life o World of Warcraft se han revelado como estupendos terapeutas para arreglar nudos mentales.

 

Pero una cosa es una cosa y otras cosas es otra cosa. Es decir, las nuevas tecnologías son el despiporre. Estamos inmersos en una revolución sociocultural de la que no entenderemos las cósmicas consecuencias hasta pasadas algunas décadas, o siglos. Pronto dejaremos de ser Homo Sapiens para ser Homo Super Sapiens. Y sin embargo…

Y sin embargo no deberíamos dejarnos llevar por un optimismo excesivo. Sin ánimo de parecer el pitufo gruñón o el pelmazo de toda fiesta, tal vez las nuevas tecnologías tengan unos efectos secundarios nocivos que las primeras voces no supieron diagnosticar y las voces entusiastas subsiguientes están eclipsando con una falacia lógica imparable: si criticas de cualquier forma un ordenador, Internet o un bit, eres un neoludita o un analfabeto digital.

Pero no todo es blanco o negro. En las nuevas tecnologías hay una infinita gama de grises, valga el topicazo. Y el tipo que lo afirma, el autor del presente libro, Contra el rebaño digital, no es precisamente un ludita. Jaron Lanier es experto en informática, músico, artista gráfico y autor. Una de las cien personalidades más influyentes del mundo en 2011 según la revista Time, es muy conocido en el campo de la informática por sus trabajos sobre la realidad virtual (expresión acuñada por él), que le valieron el galardón al Lifetime Career del IEEE en 2009. En un artículo en la revista Wired se le define como “la primera figura de la tecnología que ha logrado el estrellato en la cultura contemporánea”. Ha trabajado tanto en entornos académicos, sobre todo en relación con Internet2, como en el sector privado, participando en la creación de empresas que acabaron compradas por Oracle, Adobe y Google. Obtuvo un doctorado Honoris Causa del Instituto de Tecnología de New Jersey en 2006. En la actualidad trabaja en Microsoft en proyectos aún secretos. La Enciclopedia Británica le ha incluido en la lista de los trescientos inventores más importantes de la historia.

Con este currículo os podéis imaginar que Contra el rebaño expone una serie de argumentos muy convincentes sobre los peligros que entrañan las nuevas tecnologías. Un libro de obligada lectura para los que sean adictos a Internet y a lo digital, que se viene a sumar a otro reciente e igualmente bien documentado (e incluso más) titulado Superficiales, de Nicholas Carr, que también reseñé hace poco.

#15 ‘El libro de la filosofía’

En plena época de cultura ADSL, aviñetada, con hashtags, de lecturas de spa y toda la pesca, un libro como el presente tiene mucho sentido. Cuidado, con ello no estoy minusvalorándolo: al contrario, El libro de la filosofía es un libro que puede conectar con las mentes con déficit de atención (incluso con las que la MTV les parece un muermo). Y eso es bueno: también la filosofía debe llegar a esas mentes, aunque sea en forma de introducción somera (luego ya habrá tiempo para profundizar; pero sin gancho, sin anzuelo, no hay quien mueva nuestros intereses hacia las abisales profundidades del saber).

En ese sentido, El libro de la filosofía pudiera parecer, en una primer vistazo, la obra muerta de un barco (la que emerge sobre la línea de flotación, la más vistosa, según la jerga náutica), pero indudablemente funciona para acceder a la obra viva de la filosofía (lo que está bajo el agua, lo que hace posible la navegación, lo invisible pero sustancial).

El paso previo para la filosofía slow es la filosofía fast.

Y es lo que consigue El libro de la filosofía: un recorrido fast, vistoso como una bengala de colores, por toda la historia de la filosofía, jalonando la historia con anécdotas y charcarrillos, todo presentado con el apoyo gráfico de un semanario de domingo. Incluye gráficos que ayudan a comprender los conceptos filosóficos clave (más de 100), así como cronologías, biografías de los autores, relaciones de sus obras y frases célebres.

 

En definitiva, una delicia de libro tanto a nivel gráfico como de contenido, en todo momento ameno y sintáctico. Una manera de hacer comparativas rápidas entre el pensamiento de diferentes filósofos de la historia. No en vano, la lista de autores analizados es extensa:

EL MUNDO ANTIGUO 700 a.C.-250 d.C.
Tales de Mileto
Lao Tse
Pitagoras
Siddharta Gautama
Confucio
Heraclito
Parmenides
Protágoras
Mo Tse
Democrito y Leucipo
Socrates
Platon
Aristoteles
Epicuro
Diogenes de Sinope
Zenón de Citio

EL MUNDO MEDI EVAL 250-1500
San Agustin de Hipona
Boecio
Avicena
San Anselmo
Averroes
Moises Maimonides
Yalal ad-Din Muhammad Rumi
Santo Tomas de Aquino
Nicolas de Cusa
Erasmo de Rotterdam

EL RENACIMI ENTO Y LA EDAD DE LA RAZÓN 1500-1750
Nicolas Maquiavelo
Michel de Montaigne
Francis Bacon
Thomas Hobbes
Rene Descartes
Blaise Pascal
Benedictus de Spinoza
John Locke
Gottfried Leibniz
George Berkeley

LA ERA DE LA REVOL UCIÓN 1750-1900
Voltaire
David Hume
Jean-Jacques Rousseau
Adam Smith
Immanuel Kant
Edmund Burke
Jeremy Bentham
Mary Wollstonecraft
Johann Gottlieb Fichte
Friedrich Schlegel
Georg Hegel
Arthur Schopenhauer
Ludwig Andreas Feuerbach
John Stuart Mill
Soren Kierkegaard
Karl Marx
Henry David Thoreau
Charles Sanders Peirce
William James

EL MUNDO MODERNO 1900-1950
Friedrich Nietzsche
Ahad Ha’am
Ferdinand de Saussure
Edmund Husserl
Henri Bergson
John Dewey
George Santayana
Miguel de Unamuno
William du Bois
Bertrand Russell
Max Scheler
Karl Jaspers
José Ortega y Gasset
Hajime Tanabe
Ludwig Wittgenstein
Martin Heidegger
Tetsuro Watsuji
Rudolf Carnap
Walter Benjamin
Herbert Marcuse
Hans-Georg Gadamer
Karl Popper
Theodor Adorno
Jean-Paul Sartre
Hannah Arendt
Emmanuel Lévinas
Maurice Merleau-Ponty
Simone de Beauvoir
Willard Van Orman Quine
Isaiah Berlin
Arne Naess
Albert Camus

FILOSOFÍA CONTEMPOR ÁNEA 1950-PRESENTE
Roland Barthes
Mary Midgley
Thomas Kuhn
John Rawls
Richard Wollheim
Paul Feyerabend
Jean-François Lyotard
Frantz Fanon
Michel Foucault
Noam Chomsky
Jürgen Habermas
Jacques Derrida
Richard Rorty
Luce Irigaray
Edward Said
Hélène Cixous
Julia Kristeva
Henry Odera Oruka
Peter Singer
Slavoj Žižek

La filosofía no es un coto tan reservado a pensadores extraordinarios y excéntricos, tal y como se suele suponer. Todos filosofamos cuando estamos inmersos en nuestras tareas cotidianas y tenemos la oportunidad de hacernos preguntas sobre la vida y sobre el universo.

La filosofía consiste más en el proceso de intentar encontrar respuestas a preguntas fundamentales mediante el razonamiento, sin aceptar las opiniones convencionales o la autoridad tradicional antes de cuestionarlas, que en el hecho propiamente dicho de encontrar esas respuestas.

Cuando aparecieron los primeros filósofos, en la antigua Grecia, hace ya unos 2500 años, el mundo que les rodeaba fue la inspiración de su asombro. Observaban la Tierra y la gran diversidad de formas de vida que la habitaban; también fenómenos naturales, como el clima, los terremotos y los eclipses, y el sol, la luna, los planetas y las estrellas. Buscaban explicaciones a todo esto, no en forma de mitos o leyendas sobre dioses sino de algo que satisficiera su curiosidad y su inteligencia.

Editorial Akal
Colección Grandes temas
N.° páginas: 352
ISBN: 978-84-460-3426-1

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