Los libros que me enseñaron a mirar

Los libros son como lupas, monóculos, antiparras, microscopios, telescopios e incluso estetoscopios. A pesar de su forma paralelepípeda son todo eso. Formas de mirar.

No lo sé con seguridad. Al menos, me gustaría creer que es así. Hablo de mis libros. De que me han enseñado a mirar, de algún modo. Como si mirara las cosas a través de una lupa holmesiana. O un microscopio einsteiniano. O incluso un telescopio galileliano. 

Como si mirara a través de un aparato de rayos X. Que nunca se queda en la superficie de las cosas.

Puede que el don me viniera de serie, sí, codificado genéticamente, pero al contemplar mis anaqueles de libros, de pasadizos a otros mundos llenos de personas, situaciones y reflexiones, creo que hay algo que debo de haber adquirido después de tantos días, meses y años. 

A veces, sin embargo, se infiltra la sospecha de que no estamos en un mundo para personas con gafotas de pasta sobre la nariz y libros bajo el brazo. O que ver tanto es nocivo: acaso la lucidez sea una forma de vulnerabilidad que te deja deslumbrado, mesmeriado, expuesto a la infelicidad, la barbarie y el frío desolador de ahí afuera. Como si los libros te condenaran al ostracismo porque te han permitido comer de la manzana prohibida. O algo así.

Otras veces, afortunadamente, sé que mirar también te permite disfrutar más intensamente de las cosas que suelen pasar desapercibidas para la mayoría, de nimiedades espectaculares, de la épica de lo cotidiano. Saber mirar lo próximo, pero también lo lejano. 

Por eso, los que no saben mirar se dirigen como borregos al redil del chiringuito en una playa atestada de cuerpos tostados al sol con el último éxito de Georgie Dan resonando en la radio. Porque no tienen ni repajolera idea de que hay alternativas. Ni tampoco necesitan tenerla. Por eso existen las discotecas. Y todas están llenísimas los fines de semana. Por eso, también, existe Pablo Coelho y se vende a cascoporro.

Saber mirar te permite apartarte de los caminos mil veces transitados por los demás con la misma naturalidad con la que periódicamente te zambulles en los nuevos mundos que se esconden tras las cubiertas de los libros. La práctica, ya se sabe.

Hoy apenas me quedan anaqueles en casa (mudanzas, conversión tecnológica, acumulación peligrosa de polvo, la misma necesidad de buscar alternativas que se salgan de la norma), pero aún recuerdo los más de mil lomos que se divisaban desde mi cama, como un carrusel de colores y títulos que, en un golpe de ojo, historiaban mi equipaje mental.
 
Libros perdidos (que no olvidados) que me han enseñado a sufrir de formas más intensas y retorcidas, hasta el punto de que uno ya no teme a las trompetas del Juicio; incluso las ha invocado, no sin antes pasar por las armas a quien yo me sé.

Pero también esos libros me borraron la expresión cenutria de la cara y me desvelaron facetas de la felicidad y la plenitud que trascienden la del simple brinco de discotequi o la del rebuzno bakala. A reirme de esa forma un tanto locuela, a veces, y otras de una manera que parece que no estoy riendo. Pero me río. De vosotros y de mi. Aquí no se salva ni el apuntador.

Los libros, quién sabe, espero que sí, los libros pueden servir a veces para ser más conscientes de la impostura propia y ajena. Y ser gilipollas sabiendo que lo eres te libera de muchas ataduras.  

Porque…

En el mar puedes hacerlo todo bien, según las reglas, y aun así el mar te matará. Pero si eres buen marinero, al menos sabrás dónde te encuentras en el momento de morir.

#51 ‘Bueno para comer’ de Marvin Harris: los enigmas de la alimentación y la cultura

Este libro podría infartar a cualquier lector que tenga una concepción jerárquica de la cultura y de las costumbres y estilos de vida allende los mares. El que sienta cierto interés por huir del provincianismo que le ha tocado en gracia a fin de ver el percal con cierta perspectiva, entonces debe zambullirse a pulmón libre en Bueno para comer, del antropólogo más popular del mundo: Marvin Harris.

Harris, aficionado a desgranar los detalles de los estilos de vida de pueblos remotos y extraños para, luego, lanzar sólidas hipótesis acerca de los motivos que los han moldeado, centra ahora sus miras exclusivamente en la comida, en lo que comen algunos, en el asco que nos provoca ciertas pitanzas, en las razones médicas que hay detrás de muchos hábitos, etc.

¿Por qué tenemos ansia de carne? ¿Por qué hay culturas que adoran algunos tipos de carne y desdeñan otras? ¿La leche es beneficiosa o los intolerantes a la lactosa y las culturas asiáticas, que la abominan, demuestran que no? ¿Por qué existen vacas sagradas hindúes en un país que se muere de hambre? ¿Por qué el cerdo resulta repugnante para algunos? ¿Por qué no somos capaces de comernos a los perros como hacen los chinos? ¿No es contradictorio consumir langosta o gambas y no gusanos o cucarachas? ¿Cuánto hay de cierto en la antropofagia?

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#50 ‘La mente de par en par’ de Steven Johnson

Ya no cabe ninguna duda de que estamos viviendo el siglo del cerebro. Cuando éste termine, os lo garantizo, se habrán dejado atrás tal cúmulo de mitos, prejuicios, malos entendidos e intuiciones que un hombre del siglo XXII se barrenará la sien con el dedo índice cada vez que eche la vista atrás.

Steven Johnson intenta dar un paso más en dirección a ese más que probable futuro aglutinando en este La mente de par en par algunas de las más interesantes prospecciones de nuestra cabeza que hoy en día se están realizando en laboratorios de medio mundo.

La pregunta fundamental que trata de responder La mente de par es par es: ¿hasta qué punto la comprensión del cerebro ha cambiado nuestra manera de vernos a nosotros mismos?

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No somos más consumistas, avariciosos y materialistas que nuestros ancestros (y II)

Veíamos que, para demostrar su poder y avergonzar a sus rivales, los amerindios más poderosos de esta región se dedicaban a destruir alimentos, ropas y dinero, literalmente los despilfarraban, incluso llegando a prender fuego a su propia casa. Como si encarnaran al protagonista de esa mala comedia de los años 80 protagonizada por Richard Prior que, para obtener toda la herencia de un pariente lejano, debía primero gastar 1 millón de dólares en un tiempo récord: El gran despilfarro.No son los únicos ejemplos de tribus ancestrales entregadas al despilfarro por el despilfarro. Entre los pueblos de Melanesia y Nueva Guinea también se daban casos de donaciones por partes de los Big Men (Grandes Hombres) en festines dionisíacos altamente competitivos.

Por ejemplo, entre el pueblo de habla kaoka de las Islas Salomón, se pueden organizar estas obscenas muestras de ostentación acumulando kilos y kilos de pescado seco, 5.000 tartas de ñame y coco, 19 cuencos de budín de ñame y 13 cerdos. El Big Men reparte a partes iguales todo lo obtenido entre las personas que le han ayudado a obtenerlo y él, simplemente, se queda con los restos, sobre todo los huesos y los alimentos más estropeados, como el mejor y más hospitalario de los anfitriones.

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No somos más consumistas, avariciosos y materialistas que nuestros ancestros (I)

Se tiende a considerar que vivimos tiempos convulsos, crepusculares, en los que casi se oyen de lejos las trompetas del Apocalipsis. Y bueno, en cierta forma es así. Pero también es verdad que esa tendencia ha existido siempre, en todas las épocas de la historia: consultad las reflexiones de cualquier mente preclara de hace siglos y os dará la impresión de que está fiscalizando el siglo XXI, con telebasura incluida.

Siempre ha existido incultura, moda, vanidad, racismo, violencia, avaricia y otras lacras sociales. Incluso me atrevería a decir que, a grandes rasgos, todas esas lacras cada vez son menos serias: con nuestros altibajos, vamos a mejor. Por eso hay que echarse a reír y señalar algún libro de historia o antropología cada vez que alguien nos diga que antes se vivía mejor (en general, no en particular) o que vivimos hacinados en ciudades cada vez más inseguras, alienantes o… materialistas y consumistas.

Lo cierto es que en los idílicos bosques de Bambi hay tanta o más mezquindad, inseguridad y consumismo que en cualquier barrio del extrarradio de una gran ciudad. Pero hoy vamos a centrarnos sólo en una de estas facetas: el consumismo, y sus hermanos gemelos la avaricia y el materialismo.

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Mujeres que ganan puntos gracias a la violencia de género (y III)

En los artículos anteriores veíamos que los yanomamo varones vivían en un ambiente ultraviolento. ¿Por qué? Fundamentalmente por el déficit de mujeres. Hay menos mujeres que hombres (a pesar de que una cuarta parte de los hombres muere en combate) y, por lo tanto, los hombres deben combatir por ellas. Además, los jefes y los hombres de gran reputación acostumbran a poseer 4 y 5 esposas simultáneamente, lo cual agrava el déficit.

Como las muchachas yanomamo ya están prometidas, incluso antes de empezar a menstruar, todos los jóvenes yanomamo codician activamente las esposas de sus vecinos. Los maridos se enfurecen cuando descubren una cita, no tanto por los celos sexuales, sino porque el varón adúltero debería haber compensado al marido con regalos y servicios.

¿Por qué existe este déficit de mujeres? ¿Por qué hay tan pocas y, por tanto, resultan tan valiosas? Sencillo: los yanomamo exterminan constantemente un gran porcentaje de sus bebés de sexo femenino. Los hombres exigen que su hijo primogénito sea varón. Una selección sexual artificial que conlleva que existan 154 niños por cada 100 niñas.

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Mujeres que ganan puntos gracias a la violencia de género (II)

Os explicaba en el anterior artículo el desenfreno machistoide en el que estaban instalados los yanomamo, la que quizá sea la sociedad más violenta y agresiva con el género femenino que conozcamos. De nuevo, le cedo el turno a Marvin Harris:

Como sucede en las tradiciones judeocristianas, los yanomamo justifican el machismo con el mito de sus orígenes. Al principio en el mundo, dicen, sólo había hombres feroces, hechos con la sangre de la Luna. Uno de estos primeros hombres cuyas piernas quedaron embarazadas se llamaba Kanoborama. De la pierna izquierda de Kanaborama salieron mujeres y de su pierna derecha hombres femeninos: los yanomamo que son reacios a los duelos y cobardes en el campo de batalla.

Puede resultar una geneaología un tanto disparatada, pero recordad que Eva procede de una costilla de Adán, por ejemplo.

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Mujeres que ganan puntos gracias a la violencia de género (I)

Ante la avalancha de casos de violencia de género que se producen en las sociedades occidentales, vale la pena echar un vistazo a otras culturas donde las cosas pueden ser mucho peores. Y mucho más raras.

Imaginad un grupo de personas cuyo estilo de vida podría considerarse el colmo del machismo y de la violencia de género. Esa sociedad existe y no se encuentra en ningún barrio de clase obrera sino en unas aldeas aparentemente conectadas con el espíritu de la naturaleza. Se trata del grupo tribal de los yanomamo, compuesto por unos 10.000 amerindios que habita en la frontera entre Brasil y Venezuela. Un pueblo que ha recibido el sobrenombre de “pueblo feroz” por parte de su principal etnógrafo: Napoleón Chagnon, de la Universidad Estatal de Pensilvania.

Una sociedad que rinde culto al príapo y a la testosterona y que desprecia al género femenino por sistema: aunque siempre se andan peleando entre ellos por cuestiones de adulterio o por promesas incumplidas de proporcionar esposas, como si la mujer, en el fondo, fuera lo más importante.

Zambullámosnos en esta fascinante sociedad que pondría los pelos de punta a Bibiana Aído o a cualquier feminista de lilas vestiduras.

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#49 ‘Curso acelerado de ateísmo’ de Antonio Campillo y Juan Ignacio Ferreras

Así como el fáustico mercadeo catódico está dominado por la corrección política y el mínimo común denominador del paladar colectivo (esto es, un target mayor de 45 años sin estudios universitarios o uno menor de 35 cuyo paisaje cultural dominante es un bar musical en Ibiza), el mercado editorial, hasta hace bien poco, tenía restringido el paso a textos que pusiesen en solfa algún tótem intocable (esto es, religión, aborto, homosexualidad, racismo, feminismo, eutanasia y demás).

Afortunadamente, la religión (e incluso la fe religiosa y la existencia de Dios) empieza ser examinada y hasta cuestionada por una clase intelectual pujante, en la que se incluyen expertos en disciplinas aparentemente alejadas del fenómeno religioso como la neurociencia, las matemáticas o la psicología evolutiva. Esta clase de libros, más que nunca, están de moda. Revisad Romper el hechizo, Elogio de la irreligión, El espejismo de Dios o Dios no es bueno.

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#48 ‘¿Tenían ombligo Adán y Eva?’ de Martin Gardner: la falsedad de la seudociencia al descubierto

Gracias a diferentes encuestas, hoy sabemos lo ignorante que es la población general en cuestiones de ciencia (además de estar compuesta por gran número de borregos y ciudadASNOS). En la actualidad, casi la mitad de los adultos de Estados Unidos cree en la astrología, en ángeles y demonios, y en que estamos siendo observados por extraterrestres llegados en ovnis que abducen con frecuencia a seres humanos. Más de la mitad cree que la evolución es una teoría no demostrada.

Con espíritu combatiente y también algo burlón, pues, el periodista científico Martin Gardner aglutina en este ¿Tenían ombligo Adán y Eva? una serie de creencias comunes y las desnuda (aunque la fe ciega persevere en continuar viendo vestido al monarca ridículo y desnudo).

Casi todos los artículos de esta recopilación son ataques contra casos extravagantes de seudociencia, procedentes, excepto uno, de la columna Notes of a Fringe Watcher (Comentarios de un observador marginal), que Gardner publicaba regularmente en la revista Skeptical Inquirer.

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