#55 ‘El fin de la fe’ de Sam Harris: religión, terror y el futuro de la razón

A mi juicio, existen dos clases de críticas literarias. La que se fundan en cuestiones técnicas, en valoraciones más o menos estandarizadas sobre lo que es el ritmo o la belleza de un texto. Y las que se basan en lo que simplemente ha causado en nuestras entrañas la lectura del libro.

Lo que ha causado en mis entrañas El fin de la fe del filósofo y doctor en neurociencias Sam Harris es un cataclismo. De modo que soy incapaz de dedicar espacio a la aparente prosa sencilla y asequible de Harris o en su extraordinaria capacidad para apuntalar justo la objeción que te viene a la mente tras leer uno de sus incendiaros párrafos.

Sólo puedo hablar de este libro desde la fe. Una fe que en nada se parece a la fe religiosa. Pero que, como ésta, nace de un punto de vista subjetivo, sentimental, personal. El fin de la fe es uno de los libros más bellos, bien explicados y fundamentados y más necesarios que he tenido la oportunidad de leer en mucho tiempo (a pesar de que esta edición contiene no pocas erratas tipográficas, una pena).

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Nellie Bly, la mujer que superó el récord de un personaje de Julio Verne

Nacida como Elizabeth Jane Cochran el 5 de mayo de 1864, recibió el sobrenombre de “Rosa” cuando era muy pequeña, por el color de su vestido de bautizo.

Con 18 años, tras leer un artículo misógino titulado “Par qué sirven las mujeres” en el Pittsburg Dispatch, envió una incendiaria carta de protesta, que impresionó tanto al director que le ofreció un trabajo. Durante ese tiempo, las mujeres escribían bajo seudónimos, por lo que Elizabeth adoptó el seudónimo Nellie Bly, en honor al personaje de la canción del mismo nombre, de Stephen Foster.

Nellie Bly era guapa, decidida, valiente y feminista.

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#54 ‘Tres vidas de santos’ de Eduardo Mendoza

Como bien apunta Eduardo Mendoza en el prólogo de este Tres vidas de santos, los tres relatos que componen la obra no se refieren a santos en el sentido hagiográfico del término, ni de santos ejemplarizantes o con milagros en su haber. Los santos que protagonizan las tres historias de Mendoza son simples hombres que son santos en la medida en que consagran su vida a una lucha agónica entre lo humano y lo divino.

O de una forma más prosaica: Mendoza escribe sobre luchadores quijotescos, cuyos objetivos a veces trascienden a lo humano. Como el marinero que perseguía la ballena blanca en Moby Dick. Son santos expulsados del mundo, como condenados al ostracismo, y también son santos expulsados del santoral.

Casualmente, el primer relato se titula “La ballena”. Es el relato más largo: más de la mitad del libro. Centrado en Barcelona, como las mejores obras de Mendoza, se inicia en el Congreso Eucarístico de 1952.

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Un genio español llamado Leonardo Torres Quevedo

Todos conocemos a Leonardo da Vinci, sobre todo desde que nos dan la matraca día sí, día también con lo del Código da Vinci del amigo Dan Brown. Pero existe otro genio, español, de principios de siglo, también llamado Leonardo, que no tuvo la suerte de acabar siendo popular, aunque sus hazañas lo merezcan. Desde aquí vamos a contribuir con nuestro grano de arena para darlo a conocer.

Había nacido en Santa Cruz de Iruña, Santander, en 1852, y estaba considerado no sólo uno de los precursores de la informática, construyendo las primeras computadoras electrónicas españolas, sino también de la cibernética, gracias a la publicación de su obra Ensayos sobre automática. Su definición. Extensión teórica de sus aplicaciones, en 1913.

Además, aquel prolífico investigador había inventado y construido varios transbordadores, tanto en España como en el extranjero, como el Spanish Aerocar, que todavía funciona en las cataratas del Niágara, en Estados Unidos, sin ningún accidente importante durante toda su historia. Se construyó entre 1914 y 1916, siendo un proyecto español de principio a final: ideado por un español, construido por una empresa española con capital español.

Una placa de bronce, situada sobre un monolito a la entrada de la estación de acceso recuerda este hecho: “Transbordador aéreo español del Niágara. Leonardo Torres Quevedo (1852–1936)”.

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Ganadores del concurso “Yo, dragón”

Recientemente se ha fallado el certamen literario Yo, dragón, constituido para promocionar el videojuego Divinity 2: Ego Draconis, del que me ofrecieron redactar el capítulo fundacional a fin de crear los pilares maestros de la historia.

Finalmente, participaron treinta y seis capítulos de extensión variable que, tal vez, acaben formando parte de una novela en formato físico. Veremos.

Por el momento, os dejo con los ganadores y finalistas:

1er Premio es para: Slayers
Ganador de 1000€, una figura Divinity2 y un videojuego “Divinity 2: Ego Draconis” para PC o Xbox 360.

2º Premio es para: Nosferatu
Ganador de un Sony eReader, una figura Divinity2 y un videojuego “Divinity 2: Ego Draconis” para PC o Xbox 360.

3er y 4º Premio son para: Inquisidor y Michis
Ganadores de una figura Divinity2 y un videojuego “Divinity 2: Ego Draconis” para PC o Xbox 360.

Premios de reconocimiento son para:
Mecna, a, Revann, fulcanelli, er_sesar, Razork, Doppelganger, Fate92, jaw, Sonja, saprofito, Cendi y robertillin
Ganadores de un videojuego “Divinity 2: Ego Draconis” para PC o Xbox 360.

¿El sexo no se lleva bien con la ciencia?

Tenemos la idea de que el genio, consagrado a su trabajo y a sus objetivos profesionales, siempre en una nube, apenas tiene tiempo para los placeres mundanos, incluyendo los carnales.

Todos conocemos artistas que, por el hecho de serlo, son tocados por un sexappeal que resulta irresistible para muchas mujeres. Sin embargo, en el campo de las ciencias, la bata blanca y el aire geek no parecen ser tan sexualmente atractivos. O quizá son los propios científicos, tan objetivos y analíticos ellos, los que no le encuentran la gracia a un acto tan desordenado y poco higiénico como el coito.

Ello ha contribuido, quizá, a que muchos científicos, además de ser considerados mad doctors como los que aparecen en las películas, también se hayan convertido en criaturas asociales, insulares, con cierto reparo a la hora de entregarse al sexo. ¿Sexo y creatividad científica están reñidos?

Entre muchos de los casos recogidos, quizá los más radicales sean los 3 siguientes:

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Tira los dados dodecaedros de tu personalidad: el neuroperfil (y II)

Como decía en la anterior parte de este post, nuestros niveles de serotonina se determinan por una mezcla de genética y cultura.

Cierto es que medir a una persona por ejes neuroquímicos o por puntuaciones de personaje de rol es una simplificación. Pero mayor es la simplificación al catalogar a una persona mediante su puntuación en un test del Cociente de Inteligencia o en uno de esos temidos SAT (Scholastic Aptitude Test) de acceso a la universidad.

Un mapa químico del cerebro de una persona, aunque una burda simplificación, siempre ofrecerá más información sobre la personalidad de ese individuo. Y el neuroperfil no tendrá un carácter excluyente: podría integrarse a las demás formas de entender la personalidad.

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Tira los dados dodecaedros de tu personalidad: el neuroperfil (I)

Tres son los ejes que determinan vuestra personalidad. Al menos si aceptamos como válida la teoría del psicólogo Robert Cloninger: la “teoría biosocial unificada de la personalidad”. Una teoría que se organiza en torno a tres ejes que corresponden con los tres principales neurotransmisores de nuestro cerebro: la serotonina, la dopamina y la norepinefrina.

Primero el eje de la serotonina: se relaciona con evitar el daño. Niveles altos de serotonina implican que nos sentiremos menos vulnerables a potenciales agravios, sobre todo de nuestra autoestima. Así pues, la serotonina es como un chute de ego, de confianza en uno mismo. Unos niveles bajos de serotonina, entonces, inducirán a la persona permanecer a la defensiva, a ser más conservadora, a encerrarse más en sí misma.

El eje de la dopamina regula la necesidad de buscar novedades, como expliqué en el post ¿Por qué nos gustan los giros de argumento de Perdidos? La dopamina es un juez de las expectativas que tenemos sobre las cosas. Un chasco induce un nivel bajo de dopamina. Una sorpresa agradable, un aumento.

El eje de la norepinefrina regula las recompensas. Nos hace más o menos dependientes de los estímulos placenteros.

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La risa nació como herramienta para sobrevivir en nuestra infancia

La risa es un misterio. ¿Para qué sirve? ¿Por qué se produce? ¿Qué ventajas evolutivas tuvo para perpetuarse hasta nuestros días? La risa es algo extraño, poco frecuente en otros mamíferos. Un extraterrestre que nos observara no daría crédito a nuestro gasto aparentemente inútil de energía: un jadeo rápido puntuado por oclusiones glóticas, ja-ja- ja.

Sin embargo la risa nos acompaña siempre, sobre todo cuando estamos rodeados de otras personas. La risa nos hace sentir bien. La risa, incluso, se enlata y se reproduce una y otra vez para dar empaque a las comedias de la televisión: la primera vez fue en 1950 acompañando a The Hank McCune Show. La risa es omnipresente y tiene un gran poder, además de ser contagiosa, pero ignoramos todavía mucho sobre sus fundamentos neurológicos.

Un estudio reciente indica que la risa desencadena la actividad en el nucleus accumbens, la misma región implicada en los circuitos del amor.

Otros estudios clínicos sugieren que la risa nos hace más saludables al reprimir las hormonas del estrés e incrementar los anticuerpos del sistema inmunológico S-IgA. Esta conclusión resulta, cuando menos, inquietante: ¿Por qué la selección natural favorecería a aquéllos cuyo sistema inmune reaccionara frente a los chistes?

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¿Por qué nos atraen tanto los giros de argumento de ‘Perdidos’?

El director de cine M. Night Shyamalan ha basado parte del éxito de sus películas en esos finales sorpresa, esos giros de tuerca que todo lo cambian y enriquecen. Si os explicara el final de El bosque, de El protegido o de El sexto sentido, probablemente os estropearía la película. Pero no voy a revelar spoilers, tranquilos.

Del mismo modo, si series como Perdidos, Heroes o la reciente Flashforward gozan de tan buenas audiencias es, en gran parte, porque recurren al ejercicio del cliffhanger (dejar al espectador colgado al final de un capítulo, a la espera del siguiente) y de los giros de tuerca que todo lo redimensionan. Las telenovelas también fundan su éxito en este sistema, llegando hasta límites grotescos.

Pero ¿cuáles son las bases neurológicas que nos inducen a engancharnos a esta clase de artificios? ¿Por qué nos gusta que nos sorprendan y nos descoloquen?

Todo se debe a la dopamina.

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