-Finalista de los Premios Xatafi-Cyberdark 2007 de la crítica de literatura fantástica.
-Finalista de los Premios Ignotus 2007 de la AEFCF.
La magia no existe.
Bajo este original planteamiento comienza Jitanjáfora, una ambiciosa novela de magia contemporánea que dinamita las convenciones del género y reinventa el concepto de hechicero.
En ella, Conrado Marchale, toxicómano en fase de rehabilitación, a punto de abandonarse de nuevo al conjuro de la heroína, recibe una carta que dará un giro a su vida. Junto a Adolfo Figueredo, un obeso intelectual que siempre ha permanecido enclaustrado en su biblioteca, descubre cómo ingresar en una cofradía de hechiceros que no creen en la magia y tampoco la practican, al menos no de la forma convencional.
Rodeados de otros marginados sociales, iniciarán un férreo programa académico para aprender los secretos de la magia, asistiendo a extrañas clases impartidas por preceptores que semejan freaks de circo. Porque la magia no existe. Y, sin embargo, se codearán con criaturas extraordinarias, dominarán hechizos, manejarán varitas mágicas y combatirán el Mal.
Una exagerada y extravagante propuesta sobre la magia de verdad, cotidiana y laica, no apta para todos los estómagos. Un manual de instrucciones para dominar el sutil potencial que anida en nosotros. Un sarcasmo monumental.
Lee un fragmento de la novela aquí.
CRÍTICAS y RESEÑAS
VÓRTICE EN LÍNEA (Gabriella Campbell)
PRÓLOGO DE JUANMA SANTIAGO
Como suelen hacer todos los prologuistas que escriben prólogos de libros ajenos, empezaré hablando de mí.
El primer contacto epistolar que mantuve con Sergio Parra se remonta al año 2002. La Junta de la Asociación Española de Fantasía, Ciencia Ficción y Terror me había encargado seleccionar la antología Visiones, que suele funcionar como vivero de autores en ciernes. Uno de los relatos que más me llamó la atención se titulaba “Juan Hitlerfranco busca a Dios”. Trataba, literalmente, acerca del encuentro entre un Marcelino Pan y Vino crecidito y hippy que la lía en la ceremonia de entrega de los Oscar, a la manera de Marlon Brando cuando se marcó el numerito de los indios, pero con ciertos toques ácidos, como si en vez de Brando el galardonado hubiera sido Charles Manson… y hubiera actuado a la altura de su fama. Además, salían Francisco Franco y Adolf Hitler, en una escena sodomítica memorable. Era una locura de relato, y en todo momento tuve claro que tenía que publicarlo. Sergio me envió más historias, pero me quedé con aquella.
Aunque “Juan Hitlerfranco busca a Dios” era perfeccionable, hubo muchas cosas en él que me sedujeron al instante. La fuerza de las ideas centrales del relato, aparentemente irreconciliables. El desparpajo con que narraba una historia de seres fracasados. El excelente manejo del lenguaje coloquial. La querencia por lo grotesco. La cantidad de referentes literarios y cinematográficos. Sergio me regaló uno de los relatos por los que me enorgullezco de haber seleccionado aquel Visiones.
Pasó el tiempo, y el contacto epistolar se mantuvo. Teníamos amigos comunes y me iba enterando de los múltiples premios que iba ganando en el mundo literario mainstream… por obras de género fantástico. Me envió un ejemplar de su novela Frío, para que la reseñara en Gigamesh. De nuevo me llamó la atención el derroche de fuerza e ideas, el sutil retrato de personajes (siempre me han encantado los personajes básicamente antipáticos que resultan básicamente simpáticos), la manera en que el autor jugaba con los cuentos clásicos para travestirlos de ciencia ficción dura o narrativa de lo cotidiano, dependiendo de que el lector escogiese una interpretación realista o fantástica. En Frío, la medicina y la hechicería no estaban muy lejos.
En Jitanjáfora ocurre algo parecido: la magia que practican los alumnos de la Escuela de Salzburgo le debe más al método científico que a la hechicería tal como aparece en las novelas al uso. El quidditch al que juegan parece urdido por fanáticos de la programación neurolingüística con nociones de budismo zen. La asignatura de Pócimas no se diferencia en gran cosa de las deconstrucciones culinarias de Ferràn Adrià. El mismo concepto de temperación, que justifica la existencia de la escuela, está repleto de implicaciones metafísicas y filosóficas, más que mágicas. La magia real es más apasionante que la inventada, me dijo Sergio por correo electrónico cuando comentábamos la novela. Y Parra tiene conocimientos enciclopédicos, sabe leer en el alma de los personajes y se erige en una especie de maestro y guía en un periplo que intenta ahondar en lo más profundo de los sentimientos y el saber humanos, con la intención de desentrañar la naturaleza misma de nuestro ser, aquello que nos define como personas (los capítulos de la Granja son cruciales al respecto) y, más allá, cuál es el origen del Mal y por qué motivos (nuevamente le cedo la palabra al propio Sergio) “[el Mal] es necesario para eliminarnos porque el Bien nunca tendría cojones para hacerlo aunque fuéramos el cáncer del mundo”.
Jitanjáfora es un viaje alucinante a través del conocimiento humano. Las largas disquisiciones que pueblan sus páginas resultan apasionantes, en ocasiones más que las propias andanzas de los personajes: Conrado Marchale, ex adicto que vive una segunda oportunidad de redención; Figueredo, un ser pasivo a quien la lectura ha convertido en una especie de remedo del protagonista loco de las novelas policíacas de Eduardo Mendoza; Umami, el contrapunto femenino que toda historia necesita para ser auténtica.
Adentraos en la experiencia de leer Jitanjáfora. Será una experiencia mágica. Y, a medida que vayáis conociendo mejor a Conrado y sus motivos, os conoceréis mejor a vosotros mismos.
Y planean las sombras de George Orwell, Aldous Huxley, J. K. Rowling, Aleister Crowley, Orson Scott Card, Truman Capote , M. Night Shyamalan y Jorge Wagensberg. Y Chuck Palahniuk. No en vano, Jitanjáfora podría definirse como la novela que hubiera escrito Dan Brown si fuera de letras y hubiera leído El club de la lucha.
Bienvenidos a la magia material, razonada, biogilizada, psicologizada, humanizada, Madame Petzenick.
Si estás harto de tu vida, conviértete en hechicero, Cosmin Targo Sobievsky.

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