Lanza los dados para escoger tu próxima lectura

Publicado: 22 abril 2008 en e-lucubraciones

Es proverbial la obsesión del hombre por confeccionar listados, codificar la realidad mediante órdenes de prelación, esto por encima y aquello por debajo, las rubias son más tontas que las morenas y los negros más capaces para el atletismo que los blancos.

De acuerdo, el título es una boutade. Una provocación para llamar la atención del lector. Pero tampoco lo es tanto como parece a primera vista.

Porque ¿no son también los cánones de libros, las listas de lecturas imprescindibles, las relaciones de los mejor valorados por la crítica, incluso los bestsellers, ordenaciones más o menos regidas por las leyes del azar? (De hecho, según Luke Rhinehardt en El hombre de los dados, todas las decisiones vitales podrían tomarse bajo el dictado de los dados). 

De un tiempo a esta parte se percibe cierta obsesión por catalogar cualitativamente los paralelepípedos confeccionados con árboles muertos, también llamados libros. Sí, es proverbial la obsesión del hombre por confeccionar listados, codificar la realidad mediante órdenes de prelación, esto por encima y aquello por debajo, las rubias son más tontas que las morenas y los negros más capaces para el atletismo que los blancos, la de poner medallas y quitarlas, la de organizar de algún modo, en definitiva, la sobreabundancia de información que nos rodea (infoesfera, la llaman).

Es natural desear empequeñecer el universo y sus variables a fin de hacerlo más digerible: el tiempo de nuestra vida es finito y por mucho que nos empeñemos nunca podremos leer todo lo que se ha escrito. Siendo optimistas, disponemos de unos sesenta años de vida útil de lectura. Si de media consumimos un libro cada cinco días (lo cual ya representa un hábito bastante pantagruélico si nos regimos por la media nacional), apenas habremos disfrutado de unos cuatro mil volúmenes a lo largo de toda nuestra existencia. Hasta el pacto de leer y reseñar cincuenta libros al año que proponen algunos bloggers arroja cifras todavía más frustrantes. Sólo tres o cuatro mil libros en una vida. Hay que saber escoger muy bien cuáles serán. 

La mayor dificultad, pues, estriba en saber discriminar. Existen demasiadas opciones. Sólo en España, se editan del orden de ochenta mil títulos nuevos cada año (sin sumar el Big Bang digital). Y felizmente la oferta irá creciendo y creciendo sin que nada podamos hacer. Según el cálculo del matemático y escritor de ciencia ficción alemán Kurd Lasswitz, autor en 1901 de La biblioteca Universal, el número de libros posibles es un guarismo harto difícil de expresar: un uno seguido de dos millones de ceros. Una Biblioteca de Babel inabarcable. Una galaxia Gutenberg tan gigantesca como nuestra propia galaxia, en la que habrá más títulos que átomos. Nunca llegaremos a tales cifras, por supuesto, pero sin duda nos iremos acercando cada vez más.

Así pues, es natural, como dije, tender a reducir las opciones que nos brinda la realidad para que su alto amparaje no nos funda los plomos, aunque para ello tendamos que caer en el provincialismo o a vivir en una suerte de bibelot manufacturado.

Pero que sea natural no significa que también sea bueno. Por ejemplo, en natural nuestra preferencia por la ingesta de ácidos grasos y lípidos, pero también existen las dietas hipocalóricas. Lo natural también debe someterse a examen. Vayamos a ello.

Los intentos más recientes de cosificar el universo literario mediante preferencias estéticas determinadas han sido El canon occidental de Harold Bloom, el listado de great books de David Denby, Los 1001 libros que hay que leer antes de morir de Peter Boxall o Ciencia ficción: las cien mejores novelas de David Pringle. Un poco antes, incluso, Clifton Fadiman elaboró un plan de lectura para uso del americano medio: 133 obras ordenadas cronológicamente desde el Gilgamés a Cien años de soledad, que se debían leer en edades determinadas. Un plan guiado que anula por completo la tediosa libertad de escoger entre tanta oferta. Vive así y no asá y no te compliques la existencia, sería su corolario. 

Pero a mí, al escuchar las preferencias de cualquier antólogo, qué queréis que os diga, me retrotraigo a las lecturas obligatorias del colegio. Sí, esos coñazos insufribles que sólo interesan a anticuarios y almonedistas y que castran por lo general el gusto por la lectura. Incluso hay examen de lo leído, como en el colegio: el examen ante uno mismo y ante los demás, ese público que juzgará como deplorable nuestro nivel cultural en cuanto nos desviemos del canon oficial. Y entonces ya sólo lees por compromiso, por obligación tácita o expresa, por estatus, por miedo a equivocarte, por el poderoso influjo de los argumentos de autoridad o, en definitiva, por tener algún tema común con el vecino. Entonces ya sólo lees una mínima parte de la biblioteca sólo porque un grupo de personas que no conoces de nada lo ha decidido así.

¿Entonces? ¿Presumo que no hay nada? ¿No hay normas que seguir? Pues no. No hay nada. Sólo existen (lógicamente) consensos más o menos intemporales. Entonces ¿qué hacemos? Pues a mi juicio caben dos opciones. O juegas a creer que existen libros indiscutiblemente buenos, libros estéticamente incunables que deben hacerse un hueco en el tu plan de lectura vital, o, por el contrario, lees sin corsés de ninguna clase. Tú escoges.

Si has optado por aventurarte por la segunda vía, entonces tienes frente a ti horizontes infinitos que cubrir. Bienvenido al desierto, al caos. Al principio te sentirás un poco abrumado. Luego, transcurrido un tiempo, notarás el hormigueo de la libertad, de la absoluta libertad, cuando tus ojos vuelen por algún anaquel abarrotado de títulos. Estirarás tu mano exenta de cadenas. Cogerás un libro sin prejuicios ni miedos escénicos. Echarás un vistazo con la mirada limpia. Y, discrecionalmente, lo añadirás a tu Pila o no, sin sentirte por ello o un genio o un gilipollas. 

The Pila es esa montaña, esa torre inestable, ese zigurat desordenado que guarda los libros que estamos leyendo o que aspiramos a leer. El concepto se popularizó a raíz de un mensaje de Jean Mallart fechado en 1999 del grupo de Usenet es.rec.ficcion.misc. The Pila crece caótico, voraz como la hiedra, alimentada por nuestros gustos anárquicos y por recomendaciones fortuitas de amigos y conocidos, y además se reproduce por mitosis, invadiendo estanterías colindantes, mesas y cualquier otra superficie horizontal. Cuando la tasa de compra de libros supera a la tasa de lectura de libros, The Pila se transforma entonces en The Pilón. En estos tiempos de Internet y e-books, también existe, claro está, el concepto E-Pila, una variante genética de The Pila con propiedades reproductivas tan monstruosas que recuerdan a la de los virus aerófilos.

The Pila es tu pila, no debería de ser la The Pila de El Corte Inglés ni tampoco la construida por bandas que llevan a una obra a ser señalada con el marchamo de imprescindible, clásico, obra maestra o cualquier otro epíteto nacido de inextricables tensiones mercantiles, meméticas y demás (dejamos para otra ocasión el análisis de dichas tensiones).

Lo realmente importante para alimentar a tu Pila, tu propia reducción de la galaxia Gutemberg a términos asequibles, es saber qué se quiere leer y para qué, dejarse recomendar por quien nos conozca mejor (sin olvidar hacer pequeños saltos al vacío para llegar a descubrimientos inesperados). Porque todo dependerá de tu edad, de cómo eres, de si buscas un libro para cultivarte, para informarte, para matar el rato, para cuestionar tus ideas más arraigadas, de tu formación, de las lecturas que anteriormente te han marcado. Porque no hay libros para todos los lectores. Pero sí existe suficiente variedad para llenar cualquier necesidad.

El único canon es el propio, aunque no tenga una excelencia indiscutida. Lo demás deberían ser estrategias lectoras que nos abran la mente a fin de que descubramos por nuestros propios medios aquel paralelepípedo de árbol muerto que nos deleitará. Un cuaderno de ruta siempre es preferible a una lección magistral. Para listas numeradas, las del súper.

Todo y así, qué remedio, la gente continuará deseando escoger los libros que nadie debería dejar de incorporar fondo bibliográfico. Se seguirán creando encuestas o páginas de recomendación universal. En una de las últimas iniciativas por alcanzar verdades literarias indiscutibles se preguntaba al lector qué cinco libros escogería para llevárselos a una isla desierta. Sin embargo, quizá algún día apenas existan concordancias entre los resultados de todos esos intentos por uniformar la estética, y entonces habremos escapado de la tiranía del gusto mayoritario. Por de pronto, suscribo el pragmatismo de los cinco libros propuestos por M. Goicoechea Utrillo para una isla de desierta en una de las Cartas de los Lectores de La Vanguadia: manuales de supervivencia en la selva, de construcción de embarcaciones con troncos, de navegación sin instrumentos, de pesca y de elaboración de conservas.

Y si no, tiremos los dados. Octaedros, por favor.

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