No digas ni mu

Publicado: 15 mayo 2008 en e-lucubraciones
En la creencia de que ciertas palabras pueden influir negativamente en el comportamiento de la gente, rectores de la moral lingüística se dedican a depurar los textos que llegan a nuestras manos. ¿Escribir “puta” o “coño” devalúa un texto?
La prosa de un escritor falto de medios y alternativas puede derivar en un texto tan liofilizado y exento de mordiente que recuerde a las instrucciones (mal traducidas) de una lavadora de fabricación alemana. A menudo, sin embargo, se prefiere antes un estilo plano, puro hueso, a uno tan enjundioso que roce la incorrección política. Por consiguiente, si un escritor intenta acercarse al lenguaje de la calle se arriesga a que se le echen encima asociaciones varias, afectados epidérmicos o sencillos puritanos con mucho tiempo libre.

Ejemplos de censura o autocensura en la literatura los hay en la actualidad como los había entonces. Huckleberry Finn fue y ha sido objeto de repetidas prohibiciones en las escuelas debido al uso de la palabra nigger (negrata), vocablo que en Estados Unidos ha adquirido un peso específico tan alto que incluso en los medios de comunicación se refieren a él como la palabra-n. En 1921, un tribunal estadounidense también declaró obsceno un pasaje del Ulises, de Joyce, y el libro estuvo prohibido hasta 1933. Hombre, yo quizá desalentaría su lectura por su ininteligibilidad pero ¿por su obscenidad? En fin. El amante de Lady Chatterly, de D.H. Lawrence, de 1928, no se editó en el Reino Unido hasta 1960 por culpa de la Ley de Publicaciones Obscenas, algo así como las Tablas de la Ley. También sufrieron cortes y recortes Trópico de Cáncer, de Henry Miller, o Fanny Hill, de John Cleland.

Otros casos más divertidos los encontramos en la obra de Norman Mailer, Los desnudos y los muertos, de 1948. La novela trata de la Segunda Guerra Mundial, y lo lógico es que los soldados que aparecen en ella gasten un lenguaje, como mínimo, barriobajero. Pero Mailer ideó una forma de no abandonar la verosimilitud sin tener que atentar contra la hipersensibilidad de la época: en vez de escribir fuck (joder) empleaba el término fug (que fonéticamente se parecía lo suficiente para que el lector entendiera qué se quería expresar en realidad). Se dice que cuando Dorothy Parker conoció a Mailer le dijo: “Así que usted es ése que no sabe cómo se escribe fuck”. Esta remilgada estrategia me recuerda a la forma que tienen los personajes de la serie de ciencia ficción Battlestar Galactica de emplear esta misma palabrota: frak (aunque este matiz sólo lo captaremos si vemos la serie en su versión original). O, centrándonos en la ciencia ficción patria, encontramos una de las novelas con más palabras soeces y alusiones sexuales por centímetro cuadrado que yo pueda recordar (aunque todas alteradas eufemísticamente para la ocasión): Ahogos y palpitaciones, de Andreu Martín. Pornar, por ejemplo, era una forma de decir follar.

Llegados hasta aquí debemos preguntarnos: ¿hasta qué punto se debe aplicar el mismo rasero estético o censurador a una obra de ficción que a una obra de no ficción? Hacer apología del nazismo en un manual de historia que niegue, por ejemplo, el holocausto judío podría considerarse ilegal en muchos países, pero ¿también debería ser así para un personaje de ficción que dice exactamente lo mismo en una obra de ficción, añadiendo además floridos insultos? Es un asunto controvertido. ¿Hasta qué punto se debe imitar el lenguaje o el pensamiento de cierto sector de la calle? Dicha regulación de lo que debe o no debe publicarse, ¿no convierte a los artistas en unos mentirosos o unos adulteradores de la verdad? En cierto modo, el escritor ya miente de facto cuando escribe una novela, pues todo diálogo plasmado en un libro apenas sigue la misma estructura que un diálogo oral. (Me acuerdo, por ejemplo, de cuando aparecieron las transcripciones telefónicas del escándalo Watergate: leídas de corrido incluso costaba entender todo su sentido, porque las personas hablamos de modo distinto a como escribimos o leemos). Todo requiere de cierta reformulación literaria, como si dijéramos, pero ¿esa reformulación implica depurar ciertas palabras malditas o determinadas ideas de difícil digestión?

Quizás la más famosa aventura gráfica para ordenador, Monkey Island, sustituía los duelos de espadas por duelos de insultos, las fintas de florete por fintas dialécticas, las heridas del cuerpo por heridas de la autoestima. Pero Monkey Island era una videojuego apto para todos los públicos, de modo que Orson Scott Card, autor de la mayoría de aquellas frases afiladas como espadas, recurría al un humor blanco e ingenioso para escamotear la palabrota directa y explícita. En este caso, la solución planteada por los desarrolladores de esta aventura para todos los públicos resultaba más afortunada que una pelea verbal, digamos, más parecida a las disputadas por Eminem en Ocho Millas. Pero ¿es de recibo que a estas alturas comencemos a censurar ciertos álbumes de Tintín por sus alusiones a los negros como se está haciendo? Y si no censuramos los álbumes de antaño, ¿ya no se podrán publicar otros nuevos que sigan la misma línea? ¿Queremos que la literatura se regule hasta el punto de que el monstruo de las galletas de Barrio Sésamo ya no coma galletas sino frutas y verduras como sucede en las nuevas temporadas emitidas en Estados Unidos?

¿Necesitaremos instalar un artefacto que nos multe pecuniariamente cada vez que soltemos un taco como vimos en la película Demolition Man y quemaremos todos los libros que digan cosas que no nos gustan como en una suerte de Fahrenheit 451 que defienda la gazmoñería y penalice la coprolalia?

No es un tema fácil, al comprobar las ampollas que pueden levantar unas sencillas viñetas que parodian a Mahoma. El humor, el sarcasmo y la sátira siempre han sido elementos capaces de cambiar el mundo, porque le restan valor incluso a aquello que creemos intocable. Los vigilantes de la moral no quieren eso; por eso Fray Guillermo de Barkerville las pasa canutas en El nombre de la rosa.

¿Queremos leer novelas que parezcan genuinas o preservar la ingenuidad y la pureza de las mentes? ¿Queremos descubrir cómo son y cómo piensan hasta los personajes más execrables o preferimos que los personajes evangelicen al lector?

Dicho lo que antecede, aprovecho este espacio para poner de manifiesto cómo el afán recaudatorio de las productoras cinematográficas y este exceso de moralina en los contenidos está hundiendo gran parte del cine de ciencia ficción y fantasía, sobre todo si se apoya en grandes efectos especiales. Ahí va mi teoría: una producción cinematográfica de fantasía o ciencia ficción con gran despliegue de efectos especiales requiere de una inversión económica tan elevada que, más tarde, los productores necesitan rentabilizar al máximo su producto. Debido a la crisis que sufre el cine (sobre todo en la exhibición pública en salas comerciales, pues el modelo de negocio aún no ha cambiado lo suficiente como para adaptarse a las nuevas tecnologías o a los nuevos hábitos de consumo derivados del florecimiento de Internet de bajo coste), las películas cada vez son menos rentables. Esto implica abarcar una mayor cuota de público. Por ejemplo, la trilogía de Matrix le puede parecer una obra maestra a mucha gente, pero no fue precisamente rentable si la comparamos con cualquier otra producción de éxito dirigida a todos los públicos. Del estamento oscuro y mefistofélico que regula qué puede ver un menor y qué no depende en gran parte el éxito de un filme. Ahora podemos ver cómo los creadores de Matrix han decidido decantarse por un producto insustancial como Speed Racer, con mayores visos de alcanzar al público mayoritario gracias a su calificación moral (aunque finalmente les haya salido el tiro por la culata). Steven Spielberg ha tenido que mover hilos para que su próxima entrega de Indiana Jones recibiera un PG-13 (algún material puede ser inapropiado para niños menores de 13 años), de lo contrario difícilmente habría subsistido en taquilla. La nueva trilogía que se prepara sobre la franquicia de Terminator se está dulcificando también para desprenderse de su antigua calificación R, y así, tras escudarse en una violencia poco realista, en unos desnudos que no impliquen sexo y en unas palabrotas de bajo nivel del tipo “leches” o “cachin en la mar”, obtendrán el ansiado PG-13 del comité censor y, por ende, unos resultados más boyantes en taquilla. (Esto ya le pasó a la cuarta entrega de La jungla de cristal, en la que John McClaine parecía haber perdido todo su espíritu gamberro). ¿Conclusiones? Pues que, hasta que la industria del séptimo arte no se ponga las pilas, vamos a tener que soportar, a los que nos gustan las películas con grandes dosis de CGI, una paulatina infantilización en la que todos estarán muy limpitos, hablarán muy bonito y no sangrarán, ni follarán, ni dirán me cago en todos tus muertos hijo de mil putas.

Y aquí lo dejo antes de que la beatería oficial me censure, amén de que el artículo ya me está quedando muy largo.

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