Queda para tomar un café (con un libro)

Publicado: 7 agosto 2008 en e-lucubraciones
A menudo se tiene una idea muy arquetípica del aficionado a la lectura. Me refiero al lector ávido de consumir libros. Porque el acto de leer se considera una actitud solitaria y asocial. Puede que en muchos casos sea así, porque un libro funciona como una mascota: no te juzga, no subraya tu miedo escénico a la vida. Pero ¿siempre es así? ¿Siempre se sumerge uno en las letras porque no tiene redaños de enfrentarse a la realidad?

Supongo (como en todo) que no en todos los casos. Más aún: me atrevo a teorizar que, en origen, es muy probable que muchos lectores se fragüen en la timidez o en una habilidad escasa en lo tocante a hacer amigos. Pero a la larga, cuando uno escoge bien sus lecturas y el miedo o la torpeza social se convierten en una seguridad en uno mismo que no tiene parangón con la de los demás (pues en los demás emerge por la simple predisposición genética o la práctica y no por el solitario autoconocimiento), y entonces empieza a lidiar con el prójimo, la cosa cambia. Al poco de relacionarse un buen lector con el resto de la gente no lectora (o un buen adquisidor de conocimientos y complejas experiencias ajenas con alguien que simplemente se relaciona con semejantes), el buen lector ya no decide refugiarse en los libros por timidez o miedo a la realidad. Lo hace porque los demás le parecen libros en blanco.

Los buenos lectores, muchas veces, leen, devoran libros, para sentirse más cerca de personas más interesantes que la gente que pulula a su alrededor. Es como tener la posibilidad de ir a tomar un café con alguien anodino que trabaja en una anodina oficina para que te explique alguna anécdota anodina sobre sus anodinas vacaciones o, por el contrario, citarte con Jean Paul Sartre. Muchas veces necesitamos que nos hablen de banalidades, pero otras, preferimos oxígeno. Tomar café con un libro no siempre denota timidez o miedo, entonces, sino avidez por nuevas emociones; una continua necesidad de ampliar tu círculo de amistades y, con ello, tus horizontes.

Entiendo que un libro y una persona no son la misma cosa. Al menos no de momento. Una persona te permite mayor grado de reciprocidad, dinamismo, bidireccionalidad, empatía; diálogo, en suma; sin contar que, al ser humanos, necesitamos la cercanía de humanos para ser felices. Un libro sólo es pulpa de árbol manchada de tinta. Pero ambas entidades funcionan, a nivel comunicativo, de forma muy semejante en muchos más aspectos de los que imaginamos. Un libro puede llegar a ser más influyente y balsámico que muchas personas con las que hemos convivido toda la vida.

Toda la información que recibimos y que nos influye y dirige podríamos llamarla “memesfera”. Una especie de burbuja de memes que funciona como nuestro bagaje cultural y emocional. Esto es más importante de lo que parece: si sólo recibimos determinada información, determinada DENSIDAD de información, ello redundará en la forma en que nos moveremos por el mundo. Ya se sabe que si uno se pasa dos horas hablando con alguien culto, de alguna manera, al volver a casa y hablar con nuestro entorno familiar, entonces nosotros también hemos adquirido ciertos dejes de esa persona culta: una cadencia al hablar, una forma de gesticular, un profundidad en el pensamiento, una claridad expositiva. Lo mismo sucede, a la inversa, si nos relacionamos con alguien vocinglero y estólido. De modo que, si en unas horas, un generador de memes (en forma de persona) nos ha cambiado tanto (aunque de forma temporal), ¿qué podría pasar si esos generadores de memes estuvieran a menudo en contacto con nosotros?

Esa es la razón por la que uno, por encima de mimar su cuerpo o su mente, debe cuidar y administrar de la forma más inteligente su memesfera. En palabras más llanas: escoger bien, pragmáticamente, con quién se relaciona, con quién invierte su tiempo. Porque, de lo contrario, si duermes con muertos, acabarás oliendo a muerto.

El problema estriba en que la mayoría de gente que puede entrar en nuestra memesfera, por término medio, tiene un nivel similar al nuestro, o incluso inferior. Cada vez nos parecemos más los unos a los otros, no tanto en la forma de vestir sino en la densidad ideológica de nuestras memesferas. De modo que hay que buscar sustitutos. La televisión y la radio son también generadores de memes, aunque la mayoría de canales y emisoras son tan planos y mediocres como esas mismas personas que nos rodean: depués de todo, las televisiones y las radios están dirigidas para ellos.

Así pues, alguien que quiera enriquecer su memesfera precisa de generadores potentes que no dependan tanto del agrado de la mayoría, tal vez generadores que no arriesguen tanta inversión económica en sus planteamientos. Un generador independiente y barato. Se me ocurren ciertas emisoras de radio, ciertos canales locales, ciertas revistas marginales, ciertas películas minoritarias. Pero, sin ninguna duda, si hablamos de densidad y energía voltaica, un libro publicado por una editorial sin demasiadas aspiraciones (salvo las románticas) constituiría el epítome de un Generador de Memes Hiperdenso.

Porque determinados libros no dejan de ser constructos quintaesenciados y sintéticos de la excelencia memética del cerebro de su autor. Así que al leer al autor no quedamos para tomar un café con el autor, sino con la parte de su mente mejor amueblada y ordenada. Con el autor en su máxima expresión. Un Superautor.

Todavía queda el escollo de apunté antes: un libro es una estructura escasamente dinámica. Y muchas veces no alcanzamos a interpretar el contenido de ciertos libros en toda su amplitud porque nuestra memesfera ya está viciada o es escasa de origen. Pero ¿será siempre así? Obviamente, no. Y cada vez más, las personas que queden paraa tomar un café con un libro ya no serán raros solitarios o introvertidos sino INDIVIDUOS SELECTIVOS, inquietos, locos por hablar, escuchar, aprender y compartir las experiencias más sutiles e íntimas.

Poco a poco, cada vez más, los libros se irán convirtiendo en entidades meméticas dirigidas por Inteligencias Artificiales fundamentalmente no directivas. Libros que aprenden. Libros que discuten tus réplicas. Libros que se reescriben o aceptan adendas en su texto, o comentarios, o notas que tú le has ofrecido para afinar su mensaje. Será como introducirte realmente en los libros, tal y como Jasper Fforde hace con su personaje Thursday Next cuando franquea el Portal de Prosa en El caso Jane Eyre.
Antes de llegue ese futuro hipotético y lejano, ya empezamos a vislumbrar dispositivos que cada vez conseguirán más que nos codeemos con historias que nos eleven, que nos instilarán ideas que cortocircuiten nuestro cerebro vía tinta (china o electrónica). Y, paralelamente, nacerán otros Generadores de Memes tan o más densos que esos libros, cuando la producción audiovisual sea tan barata (pantallas verdes, 3D) y los canales de distribución de esas producciones sean tan asequibles (youtube, emule) que puedan existir obras audiovisuales tan densas y variadas ideológicamente como lo son un ensayo de neurobiología o un poema de Baudelaire.

Cuando llegue ese futuro (si aún aguantamos), no dudo que la mayoría de mis grandes amigos, de mis conversadores, de mis confidentes, incluso de mis depositarios de bromas y chascarrillos, serán libros (o los dispositivos audiovisuales que los sustituyan o sublimen). Señores Libros. Y nadie podrá tacharme de introvertido o asocial. Seré social de verdad. Porque viviré más tiempo entre Personas que entre Zombis. Los no lectores sólo serán individuos que buscan el cobijo de la multitud y no compañía de verdad, como el que abraza a un osito de peluche forrado de trapo y no de un cerebro y un buen puñado de sentimientos. Los no lectores serán, más que nunca, autistas encerrados en sus memesferas clónicas, que serán iguales a viriles o bibelots sellados, aburridos, poco estimulantes; universos de bolsillo.

Los lectores, viajeros del infinito.

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