#28 ‘El cerdo que quería ser jamón”, de Julian Baggini

Publicado: 13 octubre 2008 en Libros

¿Y si creáramos una especie de cerdos alterados genéticamente que desearan crecer para ser sacrificados y comidos? ¿Y si los cerdos nacieran sin circuitos de dolor? ¿Y si los cerdos sintieran placer masoquista durante su ordalía para convertirse en un suculento jamón? ¿Qué opinarían los vegetarianos sobre ello, por ejemplo?

Este es un libro de “¿y si?” para abordar asuntos trillados desde ángulos poliédricos a fin de descubrirnos la abstrusa complejidad de las cosas. Este no es un libro de respuestas sino de preguntas que generan más y más preguntas, hasta que uno ya no sabe qué pensar. Porque cuando sabemos que apenas sabemos nada es cuando sabemos algo.

El cerdo que quería ser jamón presenta 100 experimentos mentales (la mayoría, dilemas morales o filosóficos) para los que quizá ya teníamos una respuesta, probablemente demasiado simple y visceral. Otros experimentos ni siquiera habrán pasado nunca por nuestra cabeza y activarán nuevas constelaciones neuronales.

Pese a las apariencias, Julian Baggini (editor y cofundador de The Philosopher´s Magazine) no ha escrito un libro denso, justo al contrario. El cerdo que quería ser jamón es divertido, y sus experimentos apenas ocupan dos páginas, así que se leen del tirón. Aunque tras leerlos nos dejen unos buenos minutos meditando sobre ellos.

La estructura del libro también es bien sencilla. Antes de entrar en acción, se propone un ejemplo literario (novelas como El restaurante del fin del mundo), filosófico (la caverna de Platón o la paradoja de Zenón) e incluso cinematográfico (Desafío Total, Matrix). Tras su lectura, el autor empieza entonces a desentrañar su sentido, formulando preguntas incómodas, obligándonos a hacer ejercicio mental, hasta llegar a las últimas consecuencias.

Si hacen una copia perfecta de nosotros mismos, ¿hay dos nosotros o sólo uno? Si toda la materia del universo se rige por leyes perfectamente determinadas, ¿también nuestro cerebro y, por tanto, nuestra libertad están sometidos a dichas leyes y todo está escrito de antemano? ¿Es agradable ser inmortal? Si la falsificación de una obra de arte es perfecta, ¿por qué la falsificación nos parece inferior al original a la hora de tasarla? ¿Es razonable usar la razón para tomar todas las decisiones? ¿Es lo mismo matar que dejar morir? ¿Es inmoral enterrar a nuestras mascotas muertas en vez de comérnoslas cuando hay tanta hambre en el mundo? ¿Dios es capaz de hacer cualquier cosa? ¿Cómo podemos saber que no vivimos en una simulación virtual? ¿La libertad de expresión es deseable o una contradicción en sí misma?

Todas son preguntas sin respuestas evidentes, y Baggini aún las hace menos evidentes tras su análisis. La única pega, quizá, es que todos los experimentos sólo tengan dos páginas, con lo cual uno queda con ganas de que el autor profundice más en sus ideas. Además, 100 también son demasiados experimentos, y en ocasiones algunos se hacen repetitivos, y la estructura de preguntas resulta previsible. Aunque es de alabar que al autor casi nunca se le vea el plumero sobre su verdadera opinión, si prestas atención empiezas a ver cierta coherencia ideológica y, también, determinadas carencias intelectuales, sobre todo en el ámbito científico, en el que Baggini no parece moverse con toda la fluidez necesaria.

Todo y así, El cerdo que quería ser jamón es un interesante libro para leer desordenadamente, en horas muertas; e incluso es un excelente generador de debates con uno mismo o con otros, lo cual siempre resulta estimulante.

 

Tras cuarenta años de vegetarianismo, Max Berger se disponía a participar de un banquete de salchichas de cerdo, jamón, bacon crujiente y pechugas de pollo a la plancha. Max siempre había echado de menos el sabor de la carne, pero sus principios eran más fuertes que sus ansias culinarias. Sin embargo, ahora era capaz de comer carne sin cargo de conciencia. El jamón, el bacon y las salchichas procedían de una cerda llamada Priscilla a la que había conocido la semana anterior. Había sido genéticamente diseñada para poder hablar y, lo que es más importante, para querer que se la comieran. Priscilla había deseado toda su vida acabar en una mesa, y el día de su matanza se despertó toda esperanzada. Le había contado todo esto a Max justo antes de dirigirse presurosa al confortable y humano matadero. Después de escuchar su historia, Max pensaba que sería irrespetuoso no comérsela. El pollo procedía de un ave genéticamente modificada que había sido “descerebrada”. En otras palabras, vivía como un vegetal, sin conciencia de sí mismo, del entorno, del dolor o del placer. Por consiguiente, matarlo no era más cruel que arrancar una zanahoria. Pese a todo, cuando le pusieron delante el plato, Max sintió un amago de náusea. ¿Se trataba de un simple acto reflejo, provocado por una vida de vegetarianismo? ¿O era el indicio físico de una justificable aflicción psíquica? Sobreponiéndose, cogió el cuchillo y el tenedor…

 

Editorial Paidós
Colección Contextos
328 páginas

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