Clásicos Versus Contemporáneos: ¿cuáles son las lecturas más interesantes?

Publicado: 15 diciembre 2008 en e-lucubraciones

Siendo sincero, y aun a riesgo de parecer sacrílego, he de reconocer que la lectura de muchos de los clásicos que la Literatura, con mayúsculas, ha entronizado me han dejado más bien frío. Da la impresión que con las letras, cuanto más polvo acumulen, más valor se les debe otorgar; o al menos, mayor dosis de respeto y veneración. Simplemente por sus arrugas valetudinarias. Como si la cronología tuviera algo que ver con la crítica.

Muchos pensarán, por supuesto, que mi afirmación es propia de mi bisoñez o de mi incultura. Irónicamente, cuando lleve muchos años muerto, a ser posible unos cuantos siglos, es probable que se me tome un poco más en serio. O mejor todavía: ¿por qué no hacer que sea precisamente un muerto y un considerado “clásico” el que profiera mis mismas palabras? De esta manera, muchos tendrán que guardar silencio a riesgo de parecer ellos los jóvenes incultos. Es una de las ventajas que puedes obtener cuando retuerces las falacias de autoridad (muerta) en tu beneficio:

 

En mi país de Gascuña consideran gracioso verme impreso. Cuanto más lejos de mi guarida llega el conocimiento que de mí se tiene, más valgo.

 

Esto lo decía Montaigne. Era filósofo. Es reputado. Y está muerto. Y también evidencia que, además del tiempo, es el espacio lo que otorga autoridad a unas palabras. Si escuchamos a un español ya muerto, le prestamos atención. Pero si encima el muerto es extranjero, entonces caemos rendidos a sus ideas.

Así pues, caben dos opciones: o somos tremendamente críticos con los contemporáneos y los próximos a nosotros, que consideramos más como iguales, o somos tremendamente laxos con los lejanos en tiempo y espacio. ¿Qué postura es la más acertada? Supongo que aquélla en la que no interviene ni el tiempo ni el espacio, sino el frío y objetivo análisis. Pero, ay, es tan difícil no ser vehemente.

Pues bien, a lo que iba: yo no soy ni Séneca ni Platón. Tampoco Montaigne. Soy alguien probablemente de vuestra edad o incluso más joven, que vive a pocos pasos de vosotros. Así que por un momento imaginad que cualquiera de esos clásicos tan venerados por la elite intelectual también es joven y próximo, que incluso que puede ser vuestro propio vecino. ¿Cuántos aforismos lanzaríamos entonces a la basura? Pero ello tiene otra consecuencia importante: que uno ya no se autoincapacita para llegar a ideas tan profundas o más que las articuladas por momias en las grandes obras de la Antigüedad.

Volvemos a Montaigne (aun a riesgo de incurrir en el error que estoy criticando, el invocar a gente muerta y lejana):

 

Sabemos decir: así dice Cicerón: he aquí las costumbres de Platón; son las propias palabras de Aristóteles. Mas, y nosotros, ¿qué decimos nosotros? ¿Qué opinamos? ¿Qué hacemos? Lo mismo diría un loro. (…) Con mi propia experiencia tendría bastante para hacerme sabio, si fuera buen estudiante. Quien conserva en su memoria los excesos de su pasada cólera y hasta dónde le llevó esa fiebre, ve la fealdad de esta pasión mejor que leyendo a Aristóteles y alimenta odio más justo contra ella. Quien recuerda los males que ha sufrido, aquellos que lo han amenazado, las livianas circunstancias que le han hecho pasar de un estado a otro, prepárese así a las mutaciones futuras y a la asunción de su condición. La vida de César no es más ejemplar que la nuestra, para nosotros; y por emperadora o popular que sea, siempre será una vida expuesta a todos los acontecimientos humanos.

 

Quizás tendemos al exceso de citas y no al pensamiento propio, que puede ser incluso más iluminado porque se enfrenta, directamente, a problemas que tal vez los antiguos ni sospecharon o que tuvieron que afrontar con menos información que nosotros. La humildad, en este respecto, es síntoma de cobardía, y de vagancia.

Para subsanar el algo este desliz en el que todos tropezamos, citaré a un filósofo contemporáneo, y bastante joven, Alain de Botton:

 

muchos libros que la tradición académica nos anima a repetir como loros no son fascinantes en sí mismos. Se les otorga un lugar destacado en el programa por tratarse de obras de autores de prestigio, mientras que asuntos tanto o más relevantes languidecen por no haber merecido jamás la atención de alguna autoridad intelectual.

 

Así que si en nuestro ánimo no está el estudiar filológicamente un texto, ni tampoco tenemos especial predilección por los clásicos griegos o latinos, a no ser que queramos ufanarnos de nuestra erudición e inteligencia por leer a escritores que universalmente (aunque sea tramposamente) son considerados eruditos e inteligentes, entonces mejor que leamos aquello que más llame nuestra atención, aunque sea algo que acaba de aparecer en las librerías. Y si no habéis leído a Platón, no pasa nada. O pasa tanto como no haber leído al vecino del quinto, que también es escritor.

Y para terminar, y para que no se diga, recuriré a una cita de alguien a quien no conocéis de nada, sin autoridad, sin bagaje. Fijaos sólo en lo que dice, sin más.

 

Los siete sabios de Grecia son Tales de Mileto, Salón de Atenas, Chilón Lacedemonio, Brías de Priena, Pitaco de Mitilene, Cleóbulo de Lindio y Periandro de Corinto. Pero yo me río en la cara de todos ellos, porque no tienen ni idea de la actualidad, ni de los ordenadores, ni de la inteligencia artificial, ni del cosmos, ni de la física de partículas, ni de nada. La gente suele encumbrar la antigua cultura clásica porque siempre ha sido sinónimo de sabiduría, pero en realidad es, casi en su totalidad, demodé. Dinosaurios que se atreven a juzgar y regular mi moral, plasmando su antediluviana forma de ver el mundo en libros que no se venden como curiosidad arqueológica de la que debemos hacer gestos condescendientes sino como verdades más puras y profundas que las contemporáneas.

 

Ah, su nombre es Perfecto. Un auténtico don nadie que ni siquiera existe en Google. De momento.

Más información | Las consolaciones de la filosofía

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