Historia de cómo triunfa un libro

Publicado: 2 enero 2009 en e-lucubraciones
Voy a hablaros de un escritor ruso que hace tan sólo 5 años era un don nadie. Su nombre es Keko Vid, y era un novelista prácticamente desconocido y sin ninguna obra publicada. Durante años estuvo escribiendo laboriosamente ocho historias que eran disquiciones filosóficas acerca de las ocho formas más recurrentes en la naturaleza; un libro por forma que, intersectados como muñecas rusas, dibujaban la forma octaédrica de los cristales naturales, una octava de una armonía pitagórica, una Tabla Periódica de ocho elementos. Las historias no eran fáciles de leer, transcribía los diálogos extranjeros en la lengua original, con la traducción a modo de subtítulos. Algunas páginas tenían mil letras y otras, sólo una o dos. Había momentos consagrados a la escatología, otros a la filosofía alemana más hermética. Mezclaba el humor más bizarro con el drama más lacrimógeno.

Todos los editores, obviamente, desdeñaron aquellos manuscritos. Recibió innumerables cartas de rechazo, incluso algunas muy alentadoras que confiaban en su potencial, siempre y cuando intentara escribir algo más accesible para el gran público, y sobre todo sin mezclar idiomas. A veces le formulaban preguntas que Keko Vid nunca se había planteado respecto a su iconoclasta obra. ¿Es ficción o no ficción? ¿A qué tipo de público está dirigida? ¿Son memorias? Keko Vid no tenía la menor idea. Un editor, viéndole tan ingenuo, incluso le recomendó en un correo electrónico que reflexionara sobre lo siguiente: “los aficionados escriben para sí mismos, los profesionales lo hacen para los demás”.

Keko Vid quería publicar su obra y que los demás la leyeran, pero lo que no podía plantearse siquiera era escribir algo que los demás quisieran, necesitaran o pudieran digerir. Esas preguntas, sostenía utópicamente, no deberían interferir en su labor literaria. No creía conveniente que su obra tuviera que adscribirse a un género concreto para que los libreros supieran situarle en una demarcación concreta de la librería. Sus amigos y familiares, viendo que no cejaba en su empeño, le recomendaron que se autoeditara; después de todo, si lograba salir al mercado con alguna editorial suicida, no vendería más de mil o dos mil ejemplares, lo justo para cubrir la tirada.

Pero Keko Vid no quería autoeditarse porque en realidad no soñaba con ver sus ocho historias en forma de libros, sólo quería publicar porque quería sentir la experiencia de comunicarse con una gran cantidad de lectores desconocidos y esperar sus reacciones. Únicamente las reacciones de los lectores, pues la crítica no le importaba demasiado. Había acudido a diversos talleres de escritura y no había entendido qué enseñaban en realidad allí: escribir bien parecía ser sinónimo de seguir unas reglas arbitrarias que se daban por intocables. Todos sus compañeros intentaban imitar obras que habían triunfado, sobre todo si habían triunfado frente a la crítica, aunque no vendieran demasiado. Él no pretendía eso. El profesor del taller, entonces, le dijo una frase que mucha gente repite, aunque Keko Vid creía que en realidad nadie había meditado de verdad sobre su significado: “para escribir rompiendo las reglas primero debes conocer las reglas”. A Keko Vid sólo le parecía una frase hecha, como tantas otras que pueblan el acervo cultural y que los loros mediáticos repiten hasta la saciedad. ¿Por qué para hacer lo que quieras primero debes haber lo que no quieres o lo que quieren los demás? Keko Vid no entendía la razón ni le importaba.

Finalmente, aprovechándose de las nuevas tecnologías, Keko Vid colgó en Internet toda su obra, los ocho volúmenes, bajo una licencia Creative Commons. La mayoría de obras gratuitas y sin existencia física no gozan de demasiada popularidad porque la gente considera que ser aceptado por una editorial es como superar una criba. Keko Vid descubrió que ser aceptado por la editorial sólo consistía en bajarse los pantalones y dejarse dar por el culo. Todo y así, su obra encontró en Internet un pequeño nicho de aficionados. El propietario de una pequeña editorial, que se consideraba a sí mismo muy moderno y visionario, y que solía editar volúmenes raros simplemente para llevarse a la cama a chicas raras dispuestas a cumplir todos sus deseos en la cama, se percató del pequeño éxito de esos ocho volúmenes contestatarios. Le propuso a Keko Vid un contrato de edición, aceptando su condición sine qua non: no cambiar ni una sola letra de su obra. Keko Vid aceptó, pues no tenía nada que perder.

Por una desconocida sinergia que los expertos en marketing llaman “bola de nieve” y “recursividad memética” (aunque en el fondo no tienen ni idea de cómo se produce el fenómeno), la obra de Keko Vida se convirtió en uno de los más extraños éxitos de la literatura. En pocos años, el raro, testarudo y aburridísimo Keko Vid, sin target, sin saber si era ficción o no lo que escribía, sin concesiones al lector o a la crítica… pasó a ser el perseverante, el luchador, el independiente, el original y rompedor Keko Vid. Se vendieron millones de ejemplares y recibió toda clase de elogios de la crítica más refinada. Incluso su forma de escribir inició una corriente literaria de nombre bastante extraño que empezó a estudiarse en muchas universidades y talleres literarios, donde los avezados aspirantes a escritor intentaban imitar sus historias. Ahora muchos teóricos dicen que a los lectores no hay que consentirles sus caprichos, y que uno debe escribir lo que brote de su inspiración desatada, sin corsés ni lógicas ni reglas que deben seguirse para luego subvertir. Las editoriales que antaño le habían rechazado, ahora querían volver a editar su obra en una mayor tirada y más cuidada edición. Incluso le propusieron un contrato por obras que aún ni siquiera había escrito.

Muchos estudiosos, en la actualidad, consideran que una figura como Keko Vid era un icono imprescindible para el avance de la historia del arte. Creen que su estilo ha sido influenciado por dos o tres autores universales que, curiosamente, Keko Vid nunca ha leído. A posteriori, todo el mundo parecía comprender que el éxito y el talento de Keko Vid eran obvios. Era algo que tenía que pasar, algo que el mundo necesitaba. Sin embargo, a priori ningún editor se había percatado de todos esos méritos que ahora se decía que Keko Vid poseía.

Ahora Keko Vid hace lo que quiere. Y la gente aplaude.

Por cierto, no busquéis Keko Vid en el Google. La historia de Keko Vid es ficticia (y está inspirada en la teoría de la improbabilidad de El Cisne Negro, de Nassim Nicholas Taleb), pero lo es en lo sustancial, como uno descubrirá a poco que investigue los entresijos de la formación de las corrientes artísticas.

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