La imposibilidad de la crítica literaria perfectamente ecuánime

Publicado: 2 enero 2009 en e-lucubraciones

Éste es, entre otras cosas, un espacio para la crítica de obras literarias. Dejando a un lado las percepciones idiosincrásicas de cada uno de los editores de este blog, ¿es posible que exista un criterio objetivo que enumere una serie de puntos perfectamente sensatos y coherentes acerca de una obra artística? En política, dos personas inteligentes pueden mantener creencias diametralmente opuestas. Si esto ocurre en literatura, ¿significa que pueden coexistir posibles familias de explicaciones y exégesis acerca de una obra y que cada una de ellas puede ser igualmente rigurosa? ¿Tal vez sólo existe un análisis perfecto pero, a causa de limitaciones epistemológicas, nos limitamos a dar válidas cualquier exégesis porque no hay forma de impugnar lo que ignoramos?

Cuando un especialista debe traducir una obra de un idioma a otro, se enfrenta a una disyuntiva casi infinita: una frase puede interpretarse de muchas formas diferentes y no todas ellas poseen una traducción literal. De igual forma, una crítica suele escapar (o debería) de unas reglas estrictas. Por esa razón, las críticas a una misma obra deberían ser, por sistema, distintas entre sí. Esto ocurre con frecuencia, pero no tanto como pensamos. Si muchas críticas se parecen entre sí no es porque exista un código universal para valorar una obra (existe, pero las emociones suelen vulnerarlo).

Si las críticas se asemejan es debido a un efecto de solapamiento que se describe muy bien Fire the Bastards!, de Jack Green, que recoge sistemáticamente las críticas de la novela de William Gaddis The Recognitions. Green demuestra así que muchas opiniones acerca del mérito artístico de una obra son el resultado del contagio arbitrario: una persona lee una reseña de un libro; otra la lee y escribe un comentario empleando parecidos argumentos, pues las ideas se anclan en su mente de forma inconsciente (ya decía Asimov que cualquier teoría puede defenderse con el suficiente aparato retórico). En poco tiempo, aparecen cientos de críticas que, atendiendo a su contenido, se reducen a dos o tres críticas originarias.

Luego está el problema de la limitación de nuestra percepción literaria. Uno, por mucha que lea, sólo leerá una ínfima parte de los libros que existen. Las obras que no ha leído (la mayoría) pero que se consideran obras fundamentales o canónicas serán prejuzgadas con benevolencia aunque sólo sepa de ella a través de terceros. Y por último, ni siquiera somos conscientes de las obras y los autores que quizá nos parezcan más espectaculares que las obras y autores que han saltado a la fama y que tal vez modificarían nuestros criterios estéticos. Las librerías pequeñas, de no más de 5.000 libros en su fondo bibliográfico, no tienen ningún interés en ocupar el espacio de sus estanterías con obras marginales o poco conocidas. Incluso una gran librería, como la estadounidense Barnes & Noble, que puede contener del orden de 130.000 volúmenes, es un lugar de hechuras insuficientes para exhibir las miriónimas facetas artísticas del hombre. La mayoría de obras nacen muertas, a efectos de la crítica.

En Internet puede existir, sin embargo, un número infinito de obras, una biblioteca de Babel como la que imaginaba Borges, pues su almacenamiento es etéreo, apenas ocupa espacio físico. Y luego existe la posibilidad de la impresión bajo demanda, si uno prefiere leer la obra de forma tradicional. Pero la infinitud de la Red también constituye un impedimento para que conozcamos la realidad literaria. Nadie tiene suficiente tiempo en su vida para indexar en su mente todas las obras que se escriben y mucho menos las que se escribieron y que muchos se dedican a escanear. Así pues, paliamos nuestro limitado horizonte perceptivo empleando cribas.

Una de las cribas que la propia Red fomenta consiste en una pléyade de críticos y expertos en letras que, mediante opiniones más o menos subjetivas, de nuevo tratan de transformar el universo incognoscible de la literatura en una nación pequeña, de fronteras definidas y catastro selectivo, casi eugenésico. De nuevo, pues, volvemos donde estábamos: podemos consumir más libros que nunca pero, so pena de ahogarnos en la sobresaturación, preferimos afincarnos en una pequeña isla de libros del tamaño de Barnes & Noble.

Pero Internet, además de permitirnos decuplicar la cultura y la información, liberarnos de las tiranías de muchos ideólogos intocables, del sistema académico o de los grupos de prensa, también permite que la crítica sea un poco menos influyente y platónica. En Internet, la información va de abajo a arriba, tal y como podemos comprobar en la enciclopedia más consultada de la historia: la Wikipedia, que ha sido confeccionada por la base y parte de los detalles para llegar a los conceptos. Ahora, gracias a la democracia digital, los críticos deben rendir más cuentas de sus arbitrarios sesgos.

Antes de Internet, los vulnerables autores se sentían impotentes ante la voz incuestionable de la crítica. Un autor, antes, quedaba silenciado. Ahora es capaz de colgar su contracrítica, por ejemplo, dejando en evidencia las debilidades del crítico y propagándolas a través de foros, buscadores y webs especializadas. Papel en Blanco, al ser un blog, tiene la posibilidad de que toda entrada sea comentada por los lectores, incluidas las críticas. Ello redunda, aunque de momento el efecto sea pequeño, en ajustar la credibilidad del crítico, rebajándola a un nivel más justo.

La mayoría de críticas, por mucho que nos convenzamos de nacen de la razón, contienen muchos elementos emocionales, impulsivos, maniáticos, veleidosos. Internet no ha podido acabar con esos defectos (probablemente el público prefiere críticos con defectos que ausencia de críticos y cribas), pero al menos las redes sociales 2.0 generan más ruido ambiente. Y de tanto ruido seguramente brotará con mayor facilidad algún esqueje de verdad. Al menos con mayor facilidad que en un soliloquio frente a un auditorio mudo.

Más información | El Cisne Negro, de Nassim Nicholas Taleb
En Papel en Blanco | Reseña de El Cisne Negro

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