#10 ‘La vuelta al mundo en mil y un días’ de Jorge Sánchez

Publicado: 1 marzo 2009 en Libros

Jorge Sánchez, nacido en Hospitalet de Llobregat, Barcelona, se ha pasado más de un cuarto de siglo viajando, entendiendo el viaje como filosofía de vida, como forma de autoconocimiento y ruptura con el provincianismo.

En su ir y venir por el mundo, se ha integrado en las culturas que ha visitado, aprendiendo sus lenguas, sus costumbres y sus religiones. Eso le ha llevado a convertirse en monje Zen en un monasterio budista al norte de Kyoto, o a convivir con un anacoreta hindú en una cueva en las fuentes del río Ganges, en el Himalaya.

Jorge Sánchez ejemplifica lo que muchos de nosotros desearíamos hacer algún día pero que finalmente sólo se queda en fantasía.

Al abordar este su primer libro, La vuelta al mundo en mil y un días, esperaba, pues, vivir a través de sus ojos aquello en lo que siempre he fantaseado. Tal vez, quién sabe, esperando encontrar en sus consejos algún asidero en el que tomar impulso para imitar sus gestas. Y es que Jorge Sánchez decidió abandonarlo todo un día cualquiera, y apenas con lo puesto salió de España y no dejó de viajar hasta circunvalar el mundo.

Lamentablemente, el libro no cumple estas expectativas debido básicamente a dos problemas.

El primero es su desfase temporal. El autor no menciona en qué año inicia el viaje narrado, aunque por algunas pistas podemos intuir que de ello hace mucho tiempo. Por ejemplo, en un fragmento del libro se menciona que hace poco se ha descubierto el SIDA. Este toque demodé, personalmente, me provocó cierta frustración: toda la información que ofrece tal vez ya no sea útil.

Es decir, el libro puede funcionar como relato pero no como guía de viajes.

Esto no sería un gran problema si no se añadiera un otro problema más. Que no hay demasiado relato.

Al libro le falta pasión y garra. El autor no suele expresar sus sentimientos y emociones. Como si fuera un frío manual sobre países sin apenas enjundia. La mayoría de sucesos pasan a tal velocidad que ni siquiera pueden saborearse. ¿Tal vez fue un error condensar un viaje tan largo en el tiempo y en el espacio en un solo libro?

Cada vez que leía una página, me venían una docena de preguntas que me hubiese gustado formular acerca de lo leído. ¿Cómo funciona exactamente esto? ¿Por qué no te acostaste con esa chica? ¿Cuánta hambre pasaste de verdad? ¿Qué sentiste aquí? ¿Cómo superaste aquella prueba sin flaquear? ¿Qué viste allí, allá y acullá?

Dejando a un lado estos dos obstáculos (quizá obstáculos que no serán tal para otro tipo de lector), La vuelta al mundo en mil y un días puede funcionar como ligero libro de aventuras, recorriendo 50 países y territorios de los cinco continentes con apenas unos billetes en el bolsillo. Trabajando en lo que salga. Usando medios locales de locomoción. Integrándose todo cuanto se pueda. Viajando en el Transiberiano (fragmento que se lee demasiado deprisa, como tantos otros), haciendo contrabando en Corea, haciendo autostop en Australia (a juicio del autor, el mejor país del mundo para hacerlom aunque de eso fue hace mucho tiempo, claro), trabajando en un kibbutz de Israel.

Un viaje sin duda inolvidable que, sin embargo, se hace demasiado olvidable en su plasmación escrita. Aunque, para no dejar en el potencial lector la sensación de que el libro no vale la pena (insisto en que los dos obstáculos expuestos son muy personales), transcribo un fragmento sobre Nueva Zelanda donde el autor sí que se explaya en la descripción y te provoca para que cojas lo puesto y salgas a viajar.

El paisaje era de ensueño, algo realmente extraordinario que hasta entonces no había contemplado en otros países visitados. Nos pasábamos todo el rato mirando por las ventanillas y preguntando a los conductores por el nombre de los lugares y accidentes geográficos que cruzábamos. Vimos lagos, volcanes de conos perfectos, montañas nevadas, densos bosques, hermosas praderas, poblados de maoríes, o la etnia autóctona polinesia antes de la llegada de los europeos… y sobre todo corderos, miles y miles de corderos pacían por los verdes pastos. Uno de los conductores que nos recogió, nos explicó que en Nueva Zelanda hay veinte veces más corderos que personas. En verdad, como afirmaban los propios neozelandeses, su pequeño país se asemejaba a una Europa en miniatura: tenía fiordos como Noruega, volcanes como Italia, géiseres como Islandia, altas montañas como Suiza, multitud de pequeñas islas como Grecia, bellas playas como España…

Sitio Oficial | Web del autor

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