Escribir automáticamente

Publicado: 21 marzo 2009 en e-lucubraciones
Escribir, en el fondo, es bastante fácil. Sólo hace falta darle a las teclas. Hasta un mono podría hacerlo. De hecho, con la suficiente cantidad de monos encerrados en una gran habitación, todos tecleando aleatoriamente, es posible que con los años apareciera por casualidad una obra respetable.

Otra cosa es si lo que uno lee, luego, le suscita alguna emoción o simples deseos de cerrar el libro y hacer otra cosa más enriquecedora. 

Así pues, una vez superado determinado umbral de conocimientos lingüísticos, todo lo demás es cuestión de opinión. Si uno es capaz de hilvanar algunas frases, ya es escritor, digan lo que digan los popes intelectuales que quieren encorsetar el arte en reglas intocables.

Si uno escribe que no se entiende, incluso, puede abrirr nuevas corrientes artísticas, como lo hizo el dadaísmo. Todo es discutible, todo es arte, todo es bueno y malo. 

Tanto es así, que no dudo que pronto aparecerán los escritores no humanos. Libros surgidos de la casualidad, de un ordenador que sigue determinadas directrices o de una IA que incluso sepa emular los sentimientos humanos.

Ser escritor, señores, ya no pinta tanto como antes. Hoy cualquiera puede serlo. Desde un mono hasta un Spectrum. Incluso, algunos autómatas seguro que lo hacen mejor que determinados bestsellers

En ese sentido, es fascitante hasta dónde se remontan los primeros automáticas escritores. Algo así como un Dan Brown pero sin corazón, como el hombre de hojalata de El mago de Oz. (Bueno, quizá Dan Brown tampoco tenga corazón).

En la Europa del siglo XVIII y XIX se originaron criaturas extraordinarias de una complejidad mecánica muy grande : autómatas y androides de Vaucanson, androides de Jaquet-Droz, cabezas parlantes del Abbé Mical, falsos autómatas y máquinas parlantes del Baron Von Kempelen, autómatas con reloj de los Maillardet, autómata androide de Kintzing, autómata escritor de Von Knauss, autómatas falsificados de Robert-Houdin, autómatas “pigmeos” de Stèvenard, etc…

El escritor autómata escribía, literalmente; aunque sin demasiada originalidad (como algunos bestsellers, claro). 

Hacia 1772, después de seis años de duro trabajo, el virtuoso relojero suizo Pierre Jaquet-Droz presentó un pequeño autómata capaz de escribir sobre el papel con una apariencia casi humana. Compuesto por más de 6.000 piezas, el autómata asombró a los más importantes mandatarios del momento y recorrió las cortes europeas durante meses, hasta el punto de que llegó a encargarse una réplica para el emperador chino. 

El mecanismo de Jaquet-Droz era capaz de escribir con una meticulosidad que ya quisieran muchos calígrafos humanos. Al movimiento de la pluma le acompañaban algunos gestos muy humanos, como el hecho de que siguiera el texto con los ojos, mojara la pluma en el tintero o la sacudiera ligeramente para no manchar el papel. A veces, el autómata levantaba la vista y se quedaba un instante con la mirada perdida, como si estuviera sumido en un arrebato de inspiración.

El autómata podía escribir cualquier frase en cualquier idioma, gracias un complicado mecanismo interior dotado de una rueda que permitía seleccionar los caracteres y el orden en que debía escribirlos. Se dice que durante aquellos años Jaquet-Droz paseó a “El Escritor” por toda Europa y se sirvió del autómata para hacer una pequeña burla de las teorías de Descartes, ajustando el mecanismo para que escribiera la frase “Pienso, luego existo”.  Como un  Terminator literato, vamos.

Hoy día, “El Escritor” se conserva en junto a otros autómatas ideados y fabricados por Jaquet-Droz en el Museo de Arte e Historia de Neuchâtel, en Suiza. 

Escribir, como véis, no es tan difícil. La mayoría de escritores son, somos, simples autómatas alimentados por la nube de memes que entre todos generamos. Pero como la gente se resiste a creerlo, muchos de nosotros puede vivir en mansiones gracias a las ventas de nuestros libros producidos en serie.

Pobres ingenuos.

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