Países literarios surgidos de la ficción (y II)

Publicado: 17 junio 2009 en Libros

Después de hablar de Afania en un post anterior, ahora le toca el turno a otro lugar surgido de la ficción que tiene fuertes implicaciones con la literatura: Diccionópolis o la Ciudad de las Palabras.

Esta ciudad situada al pie de las montañas de la Confusión y acariciada por las brisas que proceden del mar del Conocimiento es mencionado en una novela del inglés Norton Juster titulada La cabina mágica, de 1962.

Tras las murallas de Diccionópolis se cultivan como si fueran rábanos todas las palabras que pueblan el mundo. Una vez a la semana, la gente acude al mercado de abastos para comprar las palabras que necesita (por ejemplo, “chatear” sería una apropiada) y vende las que ya no usa (como “escible”, ya en desuso). Si el comprador es especialmente creativo, entonces puede adquirir letras en vez de palabras ya formadas para construirse él mismo sus propias palabras. Como en el Scrabble.

Para comprar letras con cierto criterio, primero hay que tener conocimiento exacto del sabor de cada letra. Por ejemplo, la A tiene muy buen sabor, pero la Z es seca y tiene gusto a serrín. La X es como el aire viciado. La I es helada y refrescante. La C es crujiente y la P está llena de pepitas.

Hay otros expertos que prefieren definir las letras por su color en vez de por su sabor.

La Ciudad de las Palabras se rige por una monarquía constitucional. Un gabinete de ministros nombrado por el rey, Azeta Noabreviado, se encarga de garantizar que todas las palabras que se comercializan tengan sentido.

Durante los banquetes del reino, los invitados pronuncian unos discursos en los cuales los platos enumerados aparecen inmediatamente en forma de palabras que luego, literalmente, se tragan.

Según la ley, los perros tienen prohibido ladrar sin ladridómetro. También se considera delito el sembrar la confusión, desbaratar los planes ajenos o no tener pelos en la lengua.

Los visitantes de Diccionópolis deben tener una buena razón, explicación o excusa para todo cuanto decidan hacer. En el caso de que no la tengan, entonces siempre queda la alternativa de decir ¿Por qué no?, que es indefectiblemente una estupenda razón.

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