‘Yo, dragón’ sigue su buen curso

Publicado: 30 agosto 2009 en Egolandia

koch22

Con motivo del lanzamiento del videojuego Divinity 2: Ego Draconis, Koch Media, empresa líder en el sector de videojuegos, realizó en conjunto con la red social SoopBook.com, un concurso basado en la creación de un libro colaborativo entre fans de la fantasía, la literatura en general y el universo Divinity.

Concurso en el que me invitaron a abrir la veda con un primer capítulo. Las herramientas eran escasas, el punto de partida, manido. Pero el aire socarrón del videojuego me ha permitido darle un poco de enjundia al asunto.

El anuncio oficial apareció hace apenas un mes, en revistas como Scifiworld, em su número 17.
 

En este tiempo, ya han habido algunos continuadores de la historia. Pero todavía se le puede sacar mucho más jugo: las bases, por si os animáis a participar, las podéis consultar aquí

El primer capítulo, podéis leer aquí

Lander Nassir había bebido demasiado aquella noche, así que tenía la voz pastosa y, en ocasiones, le costaba hilvanar los pensamientos con coherencia. Tampoco es que se esforzara demasiado por mantener la compostura, pues en el ambiente enrarecido y caldeado de El dragón dormido, su comportamiento no resultaba en absoluto estridente. Lo llamativo hubiera sido, por el contrario, que Lander se hubiese mantenido sospechosamente sobrio. Si no bebías en El dragón dormido, es que tenías un problema demasiado grave. Un problema tan grave que ni siquiera eras capaz de beber para combatirlo. Esa clase de problemas que te dejan paralizado, muerto; sobrio.

   El problema de Lander, pues, no era tan serio. Aunque, habida cuenta de las jarras vacías que ya poblaban su mesa, tal vez su problema era más serio de lo que aparentaba. Cualquiera (incluso el más borracho de aquella posada) hubiese intuido que la naturaleza de la preocupación de aquel joven alto, atlético y un tanto desgarbado, tenía relación con el tatuaje de su antebrazo. La clase de tatuajes que se asocian a las casas de adiestramiento para novatos. Sin duda, a nadie le seducía la idea de convertirse en un Matadragones, por muy necesarios que fueran sus servicios en aquellos tiempos convulsos.

   Y en parte, así era. (…)

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