Las matemáticas dejan en ridículo el código secreto de la Biblia (y II)

Publicado: 22 octubre 2009 en Ciencia

Si nos despojamos de cualquier creencia y analizamos objetivamente el problema, hemos de convenir que la búsqueda de la secuencia vino primero, así que las probabilidades no son tan bajas. La localización de letras equidistantes no deben aparecer necesariamente en una localización particular del texto. Estamos dispuestos a que “life” aparezca en cualquier parte del texto, desde el principio al final.

Es decir, se buscan todas las posiciones a partir de las cuales puede identificarse una secuencia de letras equidistante (siendo X el número de posiciones de letras dentro del texto). Entonces la probabilidad de hallar la secuencia “life” viene a ser: P x X.

A continuación supongamos que no nos limitamos a un intervalo fijo de, pongamos, 76 posiciones entre las letras “life”, sino que buscamos la secuencia de letras equidistantes para cualquier intervalo posible entre, digamos, 1 y 1000 letras. Con este procedimiento las cifras vuelven a cambiar. La probabilidad de que observemos la secuencia viene a ser P x X x 1000, un número que ya no es tan pequeño. Podemos incrementar aún más la probabilidad de encontrar la secuencia ampliando el número de maneras en que podría darse. Podemos buscarla de derecha a izquierda, o en diagonal o, como en el caso de los criptogramas bíblicos, permitir distintas secuencias de letras equidistantes para los dos términos relacionados, que estén cercanos pero separados en el texto, o buscar caracterizaciones o nombres alternativos, o relajar las restricciones de muchas otras maneras.

Finalmente, el observador sólo se fijará en las secuencias que le interesan y pasará por alto las que no.

En resumidas cuentas, lo importante no es la probabilidad de que aparezca una secuencia particular en un texto sino la probabilidad de que ALGUNA secuencia de significado vagamente similar aparezca DE ALGÚN MODO y EN ALGUNA PARTE del texto.

Bajo esta reglas tan laxas, es fácil, por ejemplo, encontrar secuencias interesantes en la traducción inglesa de Guerra y Paz: “Jordan”, “Chicago” y “Bulls”. Es decir, que Tolstoi estaba profundamente interesado en el futuro del baloncesto.

El artículo estadístico antes citado también puede ilustrar otro defecto más sutil que tiene que ver con sesgos no intencionados en la elección de las secuencias buscadas, procedimientos definidos vagamente, la variedad y las contingencias de la ortografía del hebreo antiguo y las diversas versiones de la Torá, o incluso el teorema de Ramsey, un profundo resultado matemático sobre la inevitabilidad del orden en cualquier secuencia de símbolos lo bastante larga.

Si nos despojamos de cualquier creencia y analizamos objetivamente el problema, hemos de convenir que la búsqueda de la secuencia vino primero, así que las probabilidades no son tan bajas. La localización de letras equidistantes no deben aparecer necesariamente en una localización particular del texto. Estamos dispuestos a que “life” aparezca en cualquier parte del texto, desde el principio al final.

Es decir, se buscan todas las posiciones a partir de las cuales puede identificarse una secuencia de letras equidistante (siendo X el número de posiciones de letras dentro del texto). Entonces la probabilidad de hallar la secuencia “life” viene a ser: P x X.

A continuación supongamos que no nos limitamos a un intervalo fijo de, pongamos, 76 posiciones entre las letras “life”, sino que buscamos la secuencia de letras equidistantes para cualquier intervalo posible entre, digamos, 1 y 1000 letras. Con este procedimiento las cifras vuelven a cambiar. La probabilidad de que observemos la secuencia viene a ser P x X x 1000, un número que ya no es tan pequeño. Podemos incrementar aún más la probabilidad de encontrar la secuencia ampliando el número de maneras en que podría darse. Podemos buscarla de derecha a izquierda, o en diagonal o, como en el caso de los criptogramas bíblicos, permitir distintas secuencias de letras equidistantes para los dos términos relacionados, que estén cercanos pero separados en el texto, o buscar caracterizaciones o nombres alternativos, o relajar las restricciones de muchas otras maneras.

Finalmente, el observador sólo se fijará en las secuencias que le interesan y pasará por alto las que no.

En resumidas cuentas, lo importante no es la probabilidad de que aparezca una secuencia particular en un texto sino la probabilidad de que ALGUNA secuencia de significado vagamente similar aparezca DE ALGÚN MODO y EN ALGUNA PARTE del texto.

Bajo esta reglas tan laxas, es fácil, por ejemplo, encontrar secuencias interesantes en la traducción inglesa de Guerra y Paz: “Jordan”, “Chicago” y “Bulls”. Es decir, que Tolstoi estaba profundamente interesado en el futuro del baloncesto.

El artículo estadístico antes citado también puede ilustrar otro defecto más sutil que tiene que ver con sesgos no intencionados en la elección de las secuencias buscadas, procedimientos definidos vagamente, la variedad y las contingencias de la ortografía del hebreo antiguo y las diversas versiones de la Torá, o incluso el teorema de Ramsey, un profundo resultado matemático sobre la inevitabilidad del orden en cualquier secuencia de símbolos lo bastante larga.

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