Las palabrotas en los libros (y II)

Publicado: 8 enero 2010 en e-lucubraciones, Libros

Ejercitar el insulto puede ser incluso formativo. Entre los yoruba africanos, al igual que ocurre en las batallas de espadas de Monkey Island, cuando se insulta a alguien, el calumniado debe devolverle el insulto al calumniador manteniendo la rima y doblando el agravio recibido.

En definitiva, que en la creencia de que ciertas palabras pueden influir negativamente en el comportamiento de la gente, rectores de la moral lingüística se dedican a depurar los textos que llegan a nuestras manos. ¿Escribir “puta” o “coño” devalúa un texto?

Por consiguiente, si un escritor intenta acercarse al lenguaje de la calle se arriesga a que se le echen encima asociaciones varias, afectados epidérmicos o sencillos puritanos con mucho tiempo libre.

Mientras, para sortear la censura tácita de editores y lectores, nos quedan algunos atajos que, además, demuestran lo absurdo que resulta condenar al ostracismo determinadas palabras, así como sacralizar otras.

Si, con perdón, llamas “hijo de perra” a alguien, éste te puede denunciar. Pero si le llamas, con idéntica intensidad e inflexión en la voz, “tumpitum”, no pasará nada. Porque “tumpitum” no existe en el diccionario. Ni siquiera está recogido en el acervo popular como un insulto. En el fondo, el sistema que se propugna para controlar las injurias y las obscenidades es muy fácil de burlar. Porque yo creo que la gente que se centra en censurar palabras son simples gijollos. Y quien no vea esto tan sencillo, a mi entender, es un kartigano.

Una estrategia ya empleada, por ejemplo, en la obra de Norman Mailer, Los desnudos y los muertos, de 1948. La novela trata de la Segunda Guerra Mundial, y lo lógico es que los soldados que aparecen en ella gasten un lenguaje, como mínimo, barriobajero. Pero Mailer ideó una forma de no abandonar la verosimilitud sin tener que atentar contra la hipersensibilidad de la época: en vez de escribir fuck (joder) empleaba el término fug (que fonéticamente se parecía lo suficiente para que el lector entendiera qué se quería expresar en realidad). Se dice que cuando Dorothy Parker conoció a Mailer le dijo: “Así que usted es ése que no sabe cómo se escribe fuck”.

Esta remilgada estrategia me recuerda a la forma que tienen los personajes de la serie de ciencia ficción Battlestar Galactica de emplear esta misma palabrota: frak (aunque este matiz sólo lo captaremos si vemos la serie en su versión original). O, centrándonos en la ciencia ficción patria, encontramos una de las novelas con más palabras soeces y alusiones sexuales por centímetro cuadrado que yo pueda recordar (aunque todas alteradas eufemísticamente para la ocasión): Ahogos y palpitaciones, de Andreu Martín. Pornar, por ejemplo, era una forma de decir follar.

¿Hasta qué punto se debe imitar el lenguaje o el pensamiento de cierto sector de la calle? Dicha regulación de lo que debe o no debe publicarse, ¿no convierte a los artistas en unos mentirosos o unos adulteradores de la verdad? En cierto modo, el escritor ya miente de facto cuando escribe una novela, pues todo diálogo plasmado en un libro apenas sigue la misma estructura que un diálogo oral. (Me acuerdo, por ejemplo, de cuando aparecieron las transcripciones telefónicas del escándalo Watergate: leídas de corrido incluso costaba entender todo su sentido, porque las personas hablamos de modo distinto a como escribimos o leemos). Todo requiere de cierta reformulación literaria, como si dijéramos, pero ¿esa reformulación implica depurar ciertas palabras malditas o determinadas ideas de difícil digestión?

¿Queremos leer novelas que parezcan genuinas o preservar la ingenuidad y la pureza de las mentes? ¿Queremos descubrir cómo son y cómo piensan hasta los personajes más execrables o preferimos que los personajes evangelicen al lector?

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comentarios
  1. Virginia dice:

    Asco de corrección hipercorrección política, eso es lo que hay.

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