¿La liberación de la letra impresa?

Publicado: 15 mayo 2010 en e-lucubraciones

Imaginad la siguiente hipótesis: la letra perjudica más al medio ambiente que el consumo desaforado de petróleo.

Para mantener el actual ritmo de publicaciones de libros, los bosques se están deforestando, tal y como sucedió para construir la Armada Invencible. No existe alternativa. Ni papel electrónico, ni blogs, ni papel reciclado. Es como el fuego de Fahrenheit pero con forma de desastre medioambiental.

Como sucedía antes de la invención de la imprenta, cuando todo dependía de un puñado de copistas manuales.

Se decretan, pues, unos máximos de impresión de páginas anuales. Algo así como un Canon Gutenberg. Porque ya no cabe todo. Hay que escoger meticulosamente, favorecer el bien común, contentar a las mayorías. Pablo Coelho, por supuesto, se continuaría editando a cascoporro. Dan Brown, también.

Al existir tan poco espacio para imprimir letras, sólo se publican determinados pensamientos. Las neuronas minoritarias son relegadas a la marginalidad: si quieres decir la tuya sólo te queda la boca, pero olvídate de que lo dicho sobreviva demasiado tiempo. Y quizá nadie te escuchará.

Tal vez las frases más esquinadas, las elucubraciones más heterodoxas, las metáforas más heteróclitas o los planteamientos más inconformistas acabarán poblando clandestinamente paredes, servilletas de papel, tatuajes en la piel, cosas así.

Ahora coged de nuevo esta hipótesis, cambiad algunos factores, aumentad algunos números y magnitudes. Ya lo tenéis. Estás describiendo exactamente lo que ocurre ahora, en los albores de la revolución digital. La Revolución de las Minorías Electrónicas.

El bit, el píxel, la tinta electroforética constituirán en breve el salto cuántico necesario de la corteza de árbol prensada y manchada de insectos de tinta al espacio infinito donde todo el mundo podrá decir la suya. Y la suya, entonces, prevalecerá por más tiempo del que jamás lo hizo ningún libro.

Entonces empezará una nueva batalla. Una batalla que no será librada por el Canon Gutemberg, o el Canon del Paladar Colectivo, o el Canon de los Filtros Editoriales Basados en Rendimientos Económicos Óptimos. Ni siquiera será una batalla que se librará entre autores considerados buenos y autores considerados malos por la crítica más academicista.

Será una batalla que se librará a un nivel mucho más esencial, en el que será más difícil obtener parabienes masivos, en el que la masa se disgregará en pequeños grupos con intereses muy específicos.

Una batalla cuyos soldados serán cerebros llenos de memes abriéndose paso a codazos para ocupar otros cerebros. Los memes que prevalecerán serán aquéllos que se mostrarán más hábiles a la hora de conseguir ser copiados por otros cerebros. Quizá porque tienen un atractivo inherente. Quizá porque consiguen engañar al receptor, persuadiéndole de algún modo esencialmente ladino. Quizá porque florecerán más apropiadamente en presencia de otros memes que ya gozan de popularidad, dando lugar a estructuras más poderosas llamadas memeplejos, que dominarán el cotarro e impondrán sus gustos, elevándolos a la categoría de Universales.

Como si todo se redujera a una carrera armamentística. A una campaña de marketing. A un juego de trileros. A vender jamón. A trabar alianzas. A ser favorecido por enchufes. En definitiva, a saciar la necesidad natural de cualquier grupo de personas de rendir culto a un ente individual, artificialmente magnificado, pluscuamperfecto, divino de la muerte.

Y entonces, oh, ¿todo volverá a ser como siempre?

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