Examinando minuciosamente las letras de un libro (I)

Publicado: 8 septiembre 2010 en Libros

Cuando leemos un libro solemos darle más importancia a lo que dice el libro que a las letras en sí mismas. Es obvio: la mayoría de libros que leemos hoy en día usan fuentes tipográficas muy similares, diseñadas específicamente para allanarnos el camino hacia la narración.

Pero haced el esfuerzo de no leer un libro. Imaginad que sois analfabetos y limitaos a examinar las letras, sin más, sus formas redondeadas y picudas, como insectos aplastados, engarzadas, una detrás de otra, como si prestarais atención a las líneas vitales de un diagrama cardiológico. Por un momento, imitad a Jean-Paul Sartre cuando era pequeño, como refiere en su autobiografía Las palabras, al recordar sus primeros años como lector:

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Allí, sentado en el borde de una cuna, fingía leer. Mis ojos seguían los negros signos sin perder uno solo, y me contaba un cuento a mí mismo en voz alta, teniendo cuidado de pronunciar todas las sílabas. Me pillaron por sorpresa (o procuraron que lo pareciera), y montaron un gran alboroto. La familia decidió que ya era hora de que aprendiera el alfabeto.

Ahora intentad fijaros en las formas de las letras de manera individual, una a una, imitando el ojo escrutador de Victor Hugo:

¿Se han fijado en lo pintoresca que es la letra “Y” y en los incontables significados que tiene? El árbol es una “Y”, dos caminos que divergen forman una “Y”, dos ríos que confluyen, la cabeza de un burro y la de un buey, la copa con su pie, el lirio en el extremo de su tallo y el mendigo que levanta los brazos son una “Y”. Esta observación puede hacerse extensiva a todos los elementos de las diversas letras concebidas por el hombre.

¿Qué caprichos, qué arbitrios llevaron a las letras a ser cómo son ahora? No es objeto de este artículo ahondar en ello. Sólo tenedlo presente. Cada trazo, cada curva responde a un motivo. No quiero que perdáis la concentración en la historia de su formación sino en la forma en sí. De tanto mirarla, entonces parece adquirir cierto sentido de extrañeza. Como quien repite muchas veces la palabra “cuchara”: al final la palabra ya no significa nada, sólo es un runrún.

Para aprehender esas formas, nada como escribirlas a mano. Desenvainad un bolígrafo de tallo transparente o una pluma elegante y deleitaos con el movimiento pendular al escribir cualquier palabra, trazando líneas aserradas de encefalograma activísimo, arriba y abajo, poniendo orden en las letras, en filas simétricas.

Imaginad cómo os imitaría alguien que empleara la escritura egipcia primitiva, que carecía de signos de puntuación. La disposición de las letras del texto, entonces, no sería coherente, de izquierda a derecha o de derecha a izquierda, sino que estaría escrita en bustrofedon.

Un bustrofedon es una palabra griega que significa “dar la vuelta a la manera del buey”, porque así era este tipo de escritura: se escribía un renglón de izquierda a derecha y el siguiente de derecha a izquierda, a la manera en que los bueyes aran la tierra. En vez de desplazar la vista en una sola dirección, como hacemos hoy, el ojo baja entonces una línea y sigue leyendo en sentido opuesto.

Pero la mayoría de nuestros textos ya no nacen de bolígrafos o plumas sino de teclados de ordenador. Así que seamos realistas y observemos detenidamente las letras de la pantalla, construidas a base de píxeles diminutos, como células cromáticas de pintor puntillista. Algo que haremos en la próxima entrega de este artículo.

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