#42 ‘Mujer abrazada a un cuervo’ de Ismael Martínez Biurrun

Publicado: 16 noviembre 2010 en Libros

Tenía ganas de posar mis ojos en algún texto de Ismael Martínez Biurrun (Pamplona, 1972), pues su nombre lleva un buen tiempo sonando como la nueva promesa del fandom. Y lo que se dice de él es cierto. Completamente.

En Mujer abrazada a un cuervo, su tercera y última novela tras las celebradas Infierno nevado y Rojo alma, negro sombra, plantea una hibridación de géneros protagonizada por un puñado de personajes tan vivos y torturados que podrían ser vecinos de nuestro bloque de pisos.

Una joven estudiante de Medicina llamada Cruz deberá investigar el caso de un bebé muerto que presenta los mismos síntomas de la peste que asoló Europa durante la Edad Media. Acompañado de su ayudante, Michi, Cruz se internará en los secretos que esconde el pueblo de Lortia, la maldición de una familia y un misterioso hombre que viste como un cuervo. Un hombre que sólo Cruz es capaz de ver. Porque Cruz también esconde un secreto (o varios): puede escapar de su cuerpo y visitar otros lugares y otras épocas.

Con todo, lo más intrigante de la obra no es tanto la resolución del caso médico como los entresijos de cada personaje: sus silencios, sus interacciones soterradas, sus pasados amenazantes. Finalmente, lo que más nos acaba importando es el dolor de Cruz, no los elementos fantásticos que envuelven la trama

Ignoro cómo lo consigue Biurrun. Su prosa parece sencilla, pero esconde más de lo que aparenta: una meticulosidad que apenas se aprecia en la superficie y que cumple aquel consejo de Proust de que dejar al descubierto al andamiaje de la prosa es como dejar el precio a un regalo.

 

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Además, Biurrun describe escenas escabrosas sólo con unas pocas pinceladas, como flashes de fotografía: entonces la composición debes crearla tú mismo en la cabeza. Y no hay nada peor que eso, al menos en lo que a mí respecta, pues a veces tenía ganas de lavarme las manos, y otras veces se me quedaba cara de acidez estomacal.

Por si esto fuera poco, Biurrun propone una historia plausible, aunque contenga elementos fantásticos. En otras manos, los descubrimientos que se plantean en la obra harían que cualquier lector medianamente culto se rascara la cabeza y dijera: un momento, esto podría constituir una Revolución Científica superior a las de Copérnico, Galileo, Newton, Darwin, Mendel y Einstein combinadas, ¿cómo es posible que todo el mundo esté tan tranquilo? En manos de Biurrun todo fluye, e incluso los “viajes astrales” de la protagonista están narrados de tal forma que nos parecen creíbles, como si hubieran pasado por un meticuloso tamiz separador de razonable / risible.

Demasiadas novelas de terror fantástico son como la versión literaria de la caja de Pop-tarts de Kellog´s, en la que pone: “Cuidado: el relleno puede estar caliente cuando se calienta”. O el aviso que hay en los mecheros Bic estadounidenses: “encender lejos de la cara y la ropa”. Perogrulladas para ahuyentar querellas por un mal uso. Biurrun escapa de esos convencionalismos y no sólo se lanza por derroteros nuevos a nivel geográfico (un pueblo del Pirineo) y a nivel temático (fantasía con tintes científicos, y personajes sólidos como rocas), sino que sus planteamientos requieren de cierta actividad raquídea. Lo cual es de agradecer entre tanta novela plegada a las exigencias de un mercado cada vez generalista y, por tanto, normal (o subnormal).

Así que ahí va otro aviso perogrullesco: abstenerse lectores conformistas. El resto, de cabeza a la librería más próxima a por este Mujer abrazada a un cuervo.

En el maletero del Range llevaba un estuche con todo el material necesario para la extracción de muestras de sangre: agujas hipodérmicas, jeringas y tubos con etiquetas. El kit del vampiro científico.

Por supuesto, no estaba segura de poder hacerlo; no existía un cálculo de probabilidades ni márgenes de error cuando se trataba de sus safaris. La magia carece de ficha técnica.

Condujo el coche un kilómetro hasta el segundo puente, el que había cruzado después de su travesía improvisada. Pasó despacio por encima y estacionó a la sombra de unos pinos, de modo que el gran bulto negro del vehículo apenas era visible desde la carretera.

Decidió que aquella precaria intimidad era suficiente y se preparó. Montó una aguja en la jeringuilla, la aseguró con una capucha y tomó uno de los tubos de plástico con la otra mano. Los apretó como si temiera que saliesen volando.

Editorial Salto de Página
Colección Púrpura
304 páginas

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