‘Jitanjáfora: desencanto’ ya tiene web

Publicado: 17 marzo 2011 en Egolandia

Pues eso, que mi última novela ya tiene una web o blog (al 75 %). Para los que no lo sepáis, es la segunda parte de Jitanjáfora. ¿De qué trata? De muchas cosas. De que el Bien puede ser más terrorífico que el Mal. De que la literatura no es tanto como dicen. De que, a la larga, ya no quieres cambiar el mundo sino que te dejen en paz. De que saber demasiado trae complicaciones. De que la realidad es mucho más extraña y fascinante que la magia potagia.

Y de mucho más que ni yo mismo recuerdo ya.

Juanma Santiago, como ya hizo en Jitanjáfora, prologa la obra, y lo describe infinitamente mejor que yo, así que os dejo con sus palabras:

Hay una imagen de la cuarta temporada de Dexter que nos viene que ni pintada para entender una de las subtramas de Jitanjáfora: Desencanto.

Dexter Morgan podría ser el señor más encantador del mundo: bien parecido aunque un tanto tímido, amante del orden, hijastro y hermanastro de heroicos policías, fiel esposo y ejemplar padre de tres hijos. Sin embargo, el mal habita en su interior: es un asesino en serie que se aprovecha de su trabajo como forense en el Departamento de Policía de Miami para buscar víctimas a las que ajusticiar. Su vida entera es una fachada, pero sabe que ésta es casi insostenible y que lo van a descubrir de un momento a otro, de modo que decide camuflarse en una comunidad de vecinos ideal, en un vecindario repleto de gente saludable, wasp de los de barbacoa todos los fines de semana y bandera de los Estados Unidos en el porche de casa. Pero claro, Dexter es lo que es, y no tarda en buscarse problemas.

Es sólo un ejemplo, pero podríamos citar muchísimos más, como las apacibles comunidades de Las mujeres perfectas, Eduardo Manostijeras, Mujeres desesperadas, El show de Truman o el no va más al respecto, la provinciana Lumberton de Terciopelo azul. Todas ellas son meras fachadas que, dependiendo de la intencionalidad del director, nos muestran un aspecto más o menos truculento o mendaz del American Way of Life. Como los habitantes de las casitas del barrio alto de la canción de Malvina Reynolds (adaptada al castellano por Víctor Jara), «se sonríen y se visitan, van juntitos al supermarket y todos tienen un televisor».

Pues bien, este sustrato social, el de la apacible clase media blanca y protestante de Estados Unidos, puede ser, según Sergio Parra, un lugar tan bueno como cualquier otro para dirimir la sempiterna batalla entre el Bien y el Mal, una comunidad en la que pueden habitar criptonazis, niños pijos que miran por encima del hombro a los friquis hispanos con quienes comparten aulas, señoras que uno no sabe muy bien si son brujas malvadas o las típicas vecinas cargantes que te obsequian con una tarta de zanahorias en cuanto te descuidas, o… el matrimonio Smithee.

Los Smithee (esposo, esposa, hijo friqui y hermano inválido) vienen a romper la paz de la apacible comunidad estadounidense porque, en primer lugar, no son como ellos, y, en segundo lugar, son agentes secretos. Pero, a diferencia del señor y la señora Smith o de los Bristow de la serie Alias, no pertenecen a ninguna agencia gubernamental. Conforme avanza la lectura, iremos viendo a qué se dedican en realidad, y cuán importante es su misión. Pero claro, esto es una novela de Sergio Parra, así que nos encontramos con la inevitable subtrama cuya acción se desarrolla en Islandia, con seres mitológicos de muy diversos orígenes (duendes y brujas), artilugios sofisticados a medio camino entre la realidad virtual y la cocina de autor, disquisiciones eruditas que vienen más a cuento de lo que parece, un álter ego del autor (que, de paso, explica y resume toda su obra en apenas unos párrafos) y, por supuesto, una subtrama que lo mismo podría adscribirse al muy en boga género literario de las novelas con ángeles (que, os aviso, amenazan con desplazar a los zombis y los vampiros gracias a cosas como Angelology o la serie de la Materia Oscura) que interpretarse como una linda y sucia historia de iniciación a la magia y el sexo. Esta novela es el reverso ideológico de su predecesora: si Jitanjáfora nos mostraba cómo funciona el Mal desde dentro, en Jitanjáfora: Desencanto vemos actuar al Bien desde dentro. Y lo peor de todo es que no sabemos qué da más miedo ni qué produce más desasosiego. Al fin y al cabo, y por emplear la cita de Jenofonte con que se abre la tercera parte de la novela, «si una cosa se adecua bien a un fin, respecto a ese fin es bella y buena, y fea y mala en caso contrario». Pues bien, esta conclusión es lo que confiere unidad a ambas novelas y nos permite leerlas como un díptico, un yin y un yang, un lado luminoso y un reverso tenebroso. No resulta difícil equiparar a este decepcionado (¿o habría que decir «desencantado»?) Conrado con el Kvothe de El nombre del viento, o con un Harry Potter en estado terminal. Conrado Marchale se convierte, de este modo, en uno de los personajes mejor perfilados de la literatura fantástica española de los últimos años.

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