¿Cómo escribir una novela cuando hay ruido a tu alrededor?

Publicado: 14 abril 2011 en Egolandia

Escribir una novela precisa de silencio, concentración y soledad. Requisitos que son difíciles de reunir en una gran ciudad. Por ello hace años que vivo en las afueras, en una pequeña colina frente al mar.

En una gran ciudad, todo el mundo se confabula para interrumpir tu proceso creativo: el runrún de la calle, el tañido de las campanas de una iglesia cercana, el petardeo de las motocicletas de gran cilindrada, el ladrido de los perros, el murmullo gravitatorio de la luna, el rasgar de las hojas de los árboles, los crujidos del maderamen de la casa, la voces de subido diapasón del televisor del vecino. Tantos ruidos que, finalmente, uno ya sólo espera oír el fragor lejano de las bombas y las alarmas antiaéreas de una tercera guerra mundial.

Huérfano de dones artísticos genuinos, yo siempre he tratado de convocarlos con el sacrificio y la repetición, como hacen los fakires, que recurren a la monotonía de las sensaciones, como el sonido de un gong, las danzas o la austeridad, para alcanzar el estado de conciencia alterada idóneo. Pero, a pesar de mi abnegación, a pesar de mi disciplina, a pesar del tiempo que invertía hasta el desmayo, como un condenado a trabajos forzados, siempre arrastrando el sueño, desembarazándose de los placeres mundanos y de la vicisitud, acababa asumiendo que no me esforzaba lo suficiente.

Por eso detestaba el ruido del ambiente, casi maniáticamente, como le ocurría al científico Charles Babbage.

 

Cuando podía disponer de unos minutos de serenidad para escribir, instalándome en mi universo particular, cualquier tipo de invasión la interpretaba como el mayor de los delitos, y completamente de acuerdo estaba entonces con el tratado casi científico de Babbage con el título Observaciones sobre los alborotos de la calle, en el que estimaba que una cuarta parte de sus capacidades laborales se habían menguado debido a la contaminación acústica de la urbe, y concluía:

Aquellos cuyas mentes están totalmente ociosas acogen la música de la calle con satisfacción, porque llena la vaciedad de su tiempo.

Yo, que también andaba enfrascado en una tarea que habría de instalarme en la eternidad (ingenuo que era uno), comprendía esa obsesión por el silencio, sin el cual tampoco Babbage era capaz de conectar con su espíritu creativo. Así que de ningún modo me parecía excesiva la serie de cartas obcecadas y reiterativas que Babbage remitió al Times proponiendo la creación de un Decreto Babbage que reprimiese cualquier forma de disturbio de la tranquilidad pública.

La gente se burló de Babbage y disfrutaba atormentándolo, pagando para que se agolpasen bajo su ventana violinistas, payasos, equilibristas, marionetistas, acróbatas sobre zancos, predicadores fanáticos y hasta falsas bandas de música con instrumentos desafinados.

En mi domicilio en el centro de Barcelona, yo también me creía víctima de una conspiración parecida. Algo similar a lo que describe Juan Manuel de Prada en su artículo Paraíso acústico, en el que refería su vida cotidiana en una comunidad de vecinos:

A través de las paredes de mi casa, diseñadas por un fabricante frustrado de papel de fumar, me llega el rumor de las abluciones de mis vecinos, el estruendo de sus desalojos intestinales, el eco confuso y exasperado de sus discusiones conyugales, también el escándalo de sus trifulcas venéreas. Me he convertido en una especie de oreja hipertrofiada que recolecta los ruidos y los clasifica con paciencia de herbolario.

Con el tiempo, sin embargo, he ido cambiando mis hábitos. El silencio absoluto me desconcentra. Así, a pesar de vivir en un lugar donde reina el silencio, me he acostumbrado a trabajar cafeterías atestadas de gente, con mucho ruido y humo (hasta que lo prohibieron), y bajo los efectos euforizantes de alguna droga legal (tipo café). Indefectiblemente escribo a mano en un cuaderno, rodeado siempre de un puñado desordenado de notas, fotocopias y, por supuesto, algunos libros que me hayan ayudado a documentarme; todo a modo de palimpsesto creativo.

El ruido de fondo (no demasiado estridente) me hace sentir parte de la masa. Además, hay sustento científico para ello.

El oficio de escribir es muy solitario, y estar rodeado de parroquianos vocingleros me hace sentir en cierta compañía, parte de la manada. No sé dónde leí, además, que el rendimiento intelectual y la concentración se incrementan en entornos ruidosos, pues parte del cerebro se dedica a ahogar los ruidos ajenos, y el resto emplea más energía para seguir adelante. No sé si es cierto o no, pero a mí me funciona. Ni música ni gaitas… donde se ponga el corrillo de madres con sus nenes recién salidos del cole o los carajilleros acodados en la barra, que se quiten las musas.

¿Y vosotros? Os inspiráis más fácilmente con ruido moderado alrededor o sumidos en un silencio de cámara anecoica?

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