# 14 ‘Mala ciencia’ de Ben Goldacre: no te dejes engañar por curanderos, charlatantes y otros farsantes

Publicado: 5 julio 2011 en Libros

Cuando la Editorial Paidós me hizo llegar Mala ciencia, de Ben Goldacre, a sabiendas de que me fascina leer ensayos de divulgación científica, no pude reprimir mi entusiasmo. No sólo se había traducido por fin el recomendadísimo Bad Science, sino que lo tenía en mi casa, dispuesto para ser devorado.

Lo que no esperaba es que me gustara tanto. A pesar de que es un poco denso en algunos pasajes, Mala ciencia es uno de los mejores libros que he leído para comprender en qué consiste la investigación médica y por qué no debo tomarme en serio la actividad de curanderos o defensores de las terapias naturales (por ser naturales y no por pruebas de que realmente sean mejores).

Mala ciencia es como el grueso manual técnico de un Boeing 747 aplicado al mundo de la medicina. No en el sentido de que sea un manual sobre todo lo que debería saberse sobre medicina sino porque Mala Ciencia es una visión panorámica de los entresijos de cómo se hace medicina de verdad a fin de que el ciudadano lego advierta de una vez por todas que no sabe nada. Nada de nada.

Y que vive el mundo de la medicina como un niño frente a los mandos imponentes de un Boeing 747, con ristras de botoneras y rosarios de lucecitas que no sabe para que funcionan.

Mala ciencia es de obligada lectura precisamente porque son los legos los que se obcecan en asegurar que saben tal o cual cosa. Dietas, complementos vitamínicos, aceite de pescado, homeopatía, terapias alternativas… todos, en el bar, hablamos de ello con un grado tal de ignorancia que sólo así se explica nuestro atrevimiento.

 

Ben Goldacre, pues, no trata de explicar qué son esas cosas y por qué funcionan o no (o sí lo hace, pero no es su objetivo principal). Lo que intenta con Mala ciencia es poner en evidencia que esas cosas son tan complejas y se sustentan en bases tan intrincadas y poco divulgadas entre el público que resulta de todo punto improcedente verter una opinión personal al respecto.

Para aterrizar un gigantesco Boeing 747 no caben opiniones. Uno sigue los pasos del manual, sin más, porque éste ha sido diseñado, verificado y probado mil veces, y otras mil veces más. Si acaso otros expertos propondrán una mejora X, que se someterá a un exhaustivo análisis antes de incorporarse definitivamente en el manual. Así es como se construye el conocimiento acumulativo y pragmático, así se ha conseguido que los aviones no se caigan, o que en el último siglo se haya diseñado una medicina eficaz (y no sólo eficaz sino que sabemos la razón de que sea eficaz en contraste con otras terapias aparentemente eficaces).

El Manual es la comunidad médica y los investigadores científicos. El niño ante los mandos del imponente avión somos todos nosotros. La diferencia entre certidumbre y creencia, anécdota y causalidad.

Quizás para entender esto un poco mejor habría que buscar otra metáfora: gracias a los nuevos avances en neurociencia, hemos descubierto que nuestro cerebro es un órgano mayormente falible, construido a base de chapuzas evolutivas, que se inclina peligrosamente a reinterpretar los hechos según sus prejuicios y otros errores de lógica que vienen de serie cuando nacemos.

El Manual es el control externo y artificial que hemos inventado para paliar estos defectos del cerebro. La ciencia, el método científico, el ensayo clínico, el doble ciego, la carga de la prueba, la aleatorización, los miles de ojos de millones de científicos examinando minuciosamente los experimentos realizados en todo el mundo en busca de errores. Todo ello es lo que permite que el conocimiento médico y empírico progrese. Sin ello, seguiríamos chapoteando en el lodazal de la ignorancia, de la teoría de salón, del “yo creo y respeta mi creencia”, cada uno tirando hacia un lado diferente según la tara mental que se tenga más desarrollada.

O como diría Clovis Anderson, “uno no sabe nada hasta que no sabe por qué lo sabe.

Por esa razón no deberíamos perder ni un segundo en escuchar lo que dice el vecino del quinto sobre que a él le ha funcionado lo de la homeopatía. Ni siquiera deberíamos creer de buenas a primeras a nuestro cerebro si la homeopatía funciona presuntamente con nosotros. Porque hace pocas décadas que la ciencia ya no hace caso de lo que digan las personas (falibles y mentirosas por naturaleza) sino de las pruebas contrastadas (más difíciles de falsear).

Así es como se escriben los manuales técnicos para volar. El resto os estrellaréis o ni siquiera habréis levantado nunca el vuelo para contemplar el bosque en perspectiva: siempre con el mismo y condenado árbol tapando la visión. Como un burro con orejeras.

Reconozco que Mala ciencia tiene algunos capítulos aburridos. Son los dedicados a desmontar los chiringuitos del equivalente british de Txumari Alfaro o de los laboratorios Boiron. Eso ocurre porque sus referencias nos quedan un poco lejanas, y el autor dedica demasiadas páginas a asuntos que no hemos vivido en los medios de comunicación.

Pero dejando a un lado estos espacios muertos, Mala ciencia contiene uno de los mejores capítulos que nunca he leído sobre cómo funciona la investigación médica y la razón de que la conspiranoia hacia la mala praxis de las farmacéuticas (como si la homeopatía y otros remedios naturales no lucraran de igual modo o más aún a otras farmacéuticas) no tiene relevancia para lo importante del tema: nadie puede sobornar o acallar la voz de miles de investigadores de todo los países del mundo, capacitados para acceder a los detalles metodológicos de cualquier ensayo clínico (los ensayos que no muestras estos detalles directamente se consideran sospechosos). Bueno, nadie no. Sólo la ignorancia y la falta de espíritu crítico lo permite: el de periodistas, y también el de lectores.

Porque no hay medicina alternativa: cuando la medicina alternativa funciona, entonces pasa a llamarse medicina.

Afortunadamente las cosas parece que están cambiando. Mala ciencia tiene más de 250.000 copias vendidas en Reino Unido. Ha sido publicado en 18 países. “Libro del año” por el Daily Telegraph, Observer y The Times.

Pero como el propio Goldacre sostiene:

No creo que ganemos nunca [la guerra contra la mala ciencia] y tampoco estoy deseando ganar. No me importa que a alguien le timen o que se gaste el dinero en pastillas, me divierte pensar que es una especie de impuesto voluntario sobre la ignorancia científica. Lo que hago lo hago porque considero que la pseudociencia es interesante, creo que dice mucho sobre el papel de la medicina y de la cultura científica de tu país que la gente sea entusiasta de las píldoras mágicas.

Editorial Paidós
Colección Contextos
400 páginas
ISBN: 978-84-493-2496-3

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s