Cuando los libros no son tan interesantes como la realidad

Publicado: 14 noviembre 2011 en e-lucubraciones

Sí, los libros son importantes. Pero a menudo los grandes lectores confunden la función de los libros. Porque los libros no son más interesantes que la realidad sino que nos enseñan a registrar mejor la realidad, como ya esbocé en Los libros que me enseñaron a mirar.

Por ejemplo, nos podemos dejar hipnotizar por los eufónicos y sugerentes nombres de los lugares descritos en las novelas de fantasía, como la Tierra Media de Tolkien. Pero si aprendéis a mirar un atlas sobre nuestro mundo, descubriréis lugares como Wee Waa, Burrumbuttock, Boomahnoomoonah, Mullumbimby, Ewlyamartup, Jiggalong. Unos nombres extrañísimos que, sin embargo, existen en un país tan “normal” como Australia.

Y en Estados Unidos hallé calles con nombres tan fantásticos como Road to Happiness (Camino a la felicidad), None Such Place (No hay Tal Lugar), Hell For Certain (El Infierno para algunos) o Shades of Death Road (Las tonalidades de la Muerte), y en Inglaterra: Whip Ma Whop Ma Gate. Y me dejo muchos en el tintero.

Cuando al fin me di por convencido de que el mundo era más grande y exótico de lo que yo había imaginado (o de lo que las agencias de viajes me sugerían con sus ofertas turísticas) fue justo en el momento en que leí acerca de cómo se forman los tsunamis en el Mediterráneo. En el artículo que consulté se hablaba de diversos proyectos científicos para impulsar una red de perforaciones marinas con objeto de prever los tsunamis. Al final del artículo aparecía un dibujo del Mar Mediterráneo con los puntos de perforación en zonas de posibles corrimientos de tierra. Los nombres de estos puntos me parecieron propios de otro planeta: Llanura abisal iónica, Llanura abisal de heródoto, Talud de Israel. Nombres tan sonoros y sugerentes que podrían figurar en cualquier novela de ciencia ficción.

A partir de entonces, empecé a mirar, en vez de ver. Tal y como lo expresa Patricia Schultz es su libro con hechuras de Biblia 1.000 sitios que ver antes de morir:

 

Para mí todo se reduce a una cuestión de punto de vista: como le dijo el sherpa a Edmund Hillary en las laderas del monte Everest, algunas personas viajan sólo para mirar, mientras que otros lo hacen para ver. Algunos guerreros de la carretera pueden ir de Nueva York a Los Ángeles a toda mecha sin guardar ni un detalle del recorrido en su memoria; yo puedo pasear por una manzana en el centro de Manhattan y volver a casa con un cartón de leche y varias historias que contar. Al final, la cantidad de kilómetros recorridos no guarda relación con el placer real que nos proporciona un viaje; la belleza inherente del mundo y la promesa de todos los tesoros aún por descubrir nos rodea en todo momento.

Y mirando con atención descubrí algo fabuloso. Que no sólo había sitios con nombres que parecían salidos de libros de ficción sino que también existían sitios que incluso eran más interesantes y extraños que los descritos por muchos escritores. Como si la expresión “la realidad siempre superá a la ficción” hubiera adquirido un mayor sentido para mí. ¿Cómo no había leído apenas nada de todos esos lugares verdaderos? ¿Por qué sabía más de los lugares imaginados por cineastas o escritores que de los lugares que me rodeaban? La respuesta era simple, además de sobrecogedora: los lugares de la realidad no habían sido tan bien publicitados como los lugares de la fantasía.

Por eso sabíamos más acerca de la Atlántida que de Puntlandia. Lo real, lo próximo, estaba borroso para nuestros sentidos. Casi era invisible. Como si padeciéramos presbicia o cataratas.

Leer mucho, pues, sólo es una medida para corregir nuestros defectos de visión para registrar la realidad con mayor definición, no para escapar de ella, tal y como siempre intentó el poeta S. T. Coleridge y que en su prólogo a Poesía lakista expresa así:

Prestar el encanto de la novedad a las cosas cotidianas y suscitar un sentimiento análogo a lo sobrenatural, despertando la atención de la mente del letargo del hábito, y dirigiéndola hacia el encanto y las maravillas del mundo que se ofrece ante nosotros; un tesoro inagotable pero para el cual, en virtud del velo de familiaridad y de preocupaciones egoístas, tenemos ojos, pero no ven, oídos que no oyen, y corazones que ni sienten ni comprenden.

Porque con unas lentes bien enfocadas, podréis deleitaros de las cosas cotidianas tal y como lo hacía el poeta inglés William Wordsworth. (Aunque quizá no de forma tan entusiasta, casi lisérgica, como para escribir composiciones como las suyas: Estrofas elegíacas a un cochinillo, Odas pindáricas al pastel de grosella o Un himno al día de la colada).

Todos estamos acostumbrados a dejarnos transportar por las geografías imaginarias que nos presentan las novelas. J. R. R. Tolkien ha conseguido con El señor de los anillos que muchos de nosotros sepamos más de la Tierra Media que de muchos países que existen de verdad. Y también que deseemos hacer turismo por la Tierra Media antes que por cualquier otro sitio real (a ser posible a lomos de un caballo blanco y con una espada milenaria en ristre). Porque Tolkien ha conseguido que aprendamos geografía narrándonos las batallas, las traiciones, los romances y las aventuras que en ella se han sucedido.

Acostumbrándonos a consumir una versión amena y bestselleriana del mundo, donde no existen disquisiciones farragosas, tan aburridas como ese libro del colegio que nos explicaba cómo funcionaba la fotosíntesis.

Por esa razón, es natural que la mayoría de gente tienda a refugiarse en las leyendas, los mitos, el folclore, la ficción, la mentira inventada por otros. Las versiones liofilizadas de la realidad. Como esas novelas clásicas que están orientadas para principiantes en un idioma extranjero y cuya riqueza de vocabulario no excede las 300 palabras. Mitos menos interesantes que la realidad, porque el mito está limitado por las fronteras estéticas y epistemológicas del autor del mito. Y su inspiración para fundar ese mito ha sido la inabarcable realidad.

Pero con este artículo no sólo espero demostrar que la realidad, aunque más difícil de abordar por su complejidad, termina siendo mucho más fascinante que la ficción digerible. También espero demostrar que las cosas verdaderamente interesantes están en los detalles, en la letra menuda de un contrato, bajo la superficie de lo que percibimos de un vistazo, de los rasguños que sólo percibimos después de haber leído mucho, y mucho. En todas esas cosas que no suelen figurar en una versión aviñetada a velocidad de ADSL que nos han ofrecido de los lugares turísticos y no turísticos.

Un buen exponente son las pirámides egipcias, que a todos nos fascinan, de las que se han rodado documentales y películas y se han escrito toda clase de libros, incluidos esotéricos y de ciencia ficción. Pero casi nadie sabe de las pirámides chinas, aunque sean más raras y exóticas. Ni tampoco de las pirámides bosnias. O hablemos de viajes en sí mismos. Solemos invertir mucho tiempo en las aventuras de mentira, plasmadas en novelas o películas, olvidándonos de gestas que superan la ficción. Todos sabemos quién es Phileas Fogg y que dio la vuelta al mundo en 80 días de la mano de Julio Verne. Pero este viaje es exclusivamente literario. ¿Cuántos conocen el viaje real de una mujer que hacia las mismas fechas batió el récord de Fogg? Nellie Bly, una periodista americana que, en 1889, consiguió por primera vez dar la vuelta al mundo en 72 días. Incluso escribió un cuaderno de viaje sobre la experiencia titulado Vuelta al mundo en 72 días.

Con este artículo pretendo que la próxima vez que hojeéis un atlas os parezca estar leyendo un libro de territorios inexplorados por el hombre. Aunque no aparezca Xanadú o Utopía, sabréis localizar sitios mucho más extraños. Y también mucho más reales. Tan reales que podréis visitarlos cuando os plazca (aunque no todas las demás personas sepan visitarlos). Y entonces os sentiréis como esos lectores que hace tres siglos se enfrentaron por primera vez a la lectura de Viajes de Lemuel Gulliver a varias naciones remotas del mundo de Jonathan Swift, creyéndose a pies juntillas que las islas de los gigantes y de los enanos allí descritas existían en realidad. Todo consiste en abandonar la Lebenswelt en la que estamos instalados. Porque el mapa de la Tierra Media sólo ocupa dos páginas de libro. Pero un atlas cartográfico verdaderamente detallado, lleno de esas cosas que la mayoría de nosotros ignoramos, debería tener el tamaño del propio mundo, tal y como refirió Borges:

En aquel tiempo el arte de la cartografía logró tal perfección que el mapa de una sola provincia ocupaba una ciudad, y el mapa de un imperio, toda una provincia. Con el tiempo, esos mapas desmesurados no satisficieron y los Colegios de Cartógrafos levantaron un mapa del Imperio, que tenía el tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él.

Tras mucho leer os daréis cuenta. Ya no seréis como Dorothy que, tras recorrer el camino de baldosas amarillas, se enfrenta al Mago de Oz. Dorothy descubre que tras la cortina donde se esconde el verdadero Mago de Oz sólo hay un hombre que acciona palancas y manubrios para conseguir crear el efecto visual que cualquiera espera hallar si visita a un mago. Pero lo verdaderamente interesante no estaba en ese mago de mentira, ni en esa cortina, ni tampoco en ese pobre diablo que pulsaba botones y hablaba a través de un distorsionador de voz. Lo verdaderamente interesante es aquello que el autor del libro no explica y que la realidad correctamente visitada sí puede hacerlo. Es decir: la fabulosa tecnología que aquel hombre emplea para proyectar la efigie sobredimensionada y espectral del Mago de Oz. Un buen lector no se quedará en el truco de feria, sino en el funcionamiento del truco en sí.

Tras la lectura, no os limitaréis a ver la espada de Arturo clavada en la roca, una espada tan bien clavada que por mucho que tiréis de ella no habrá forma de sacarla. Una espada que sólo lograréis sacar si estáis destinados a ello y que os convertirá en el rey de Inglaterra. Tras la lectura, no veréis sino que miraréis. Examinaréis esa espada que se obstina en permanecer clavada en la roca. Trataréis de entender las propiedades de los materiales de los que están conformados la roca y la hoja de la espada. Buscaréis precedentes. Una lógica interna. Comprenderéis. Y entonces, no importará si conseguís sacar la espada de la roca. Porque el que sabe mirar se convertierte inevitablemente en rey, y no sólo de Inglaterra.

Eso es al menos lo que creo que deben proporcionar los libros: no sólo puertas para escapar, sino telescopios, microscopios y estetoscopios para analizar de una forma totalmente nueva lo que nos rodea. De verdad. Al menos es el mejor piropo que pueden hacerle a una de mis novelas: que es la pastilla roja, no la azul.

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