La humanidad siempre ha mantenido una relación compleja, contradictoria con las sustancias que alteran malévolamente su sistema nervioso o su biología en general, signifique lo que signifique en realidad “malévolamente”. Por un lado, el consumo de tales sustancias se produce en todas las épocas y en todas las culturas. Por el otro, la fiscalización de tal consumo, lejos de evitarlo, promueve el consumo creativo de sustancias sustitutivas o de las mismas sustancias bajo un régimen de clandestinidad.

El ejemplo más entrañable se produjo durante la prohibición alcohólica que impuso Estados Unidos durante la llamada Ley Seca: se calcula que florecieron más de 200.000 tabernas ilegales. Y se puso de moda vender unos paquetes de zumo de frutas en los que se podía leer el siguiente mensaje, no precisamente sutil:

Atención: el contenido de este paquete no debe ponerse en una vasija de barro, mezclado con levadura y ocho litros de agua, porque entonces se obtendría una bebida alcohólica cuya fabricación está prohibida.

Sólo faltaba añadir “codazo, codazo, guiño, guiño”.

Y es que tales sustancias, ilegales o no, han sobrealimentado los cerebros y las almas de la gente desde que el tiempo es tiempo. Así que no es extraño contemplar la historia de la humanidad bajo el prisma de tales sustancias. Que es precisamente lo que hace aquí el historiador Tom Standage bajo el título Historia del mundo en seis tragos.

Y lo hace maravillosamente, con profusión de datos sorprendentes, y con gran habilidad para hilvanar las diferentes épocas en función de sus sutancias. Mi preferido, sin duda, fue el capítulo dedicado al café y a las cafeterías.

A lo largo de la historia algunas bebidas han hecho mucho más que saciar nuestra sed. Como cuenta este libro con autoridad y encanto, seis de ellas han tenido una influencia sorprendente en momentos decisivos de la historia, desde la aparición de la agricultura y el nacimiento de las ciudades hasta la globalización. La historia del mundo en seis tragos presenta una visión original y rigurosa de la historia universal, siguiendo a la humanidad desde la Edad de Piedra hasta el siglo XXI de la mano de la cerveza, el vino, los licores, el café, el té y la Coca-Cola. La cerveza, nacida en el Creciente Fértil, era tan importante para las primeras civilizaciones egipcias y mesopotámicas que se usaba como medio de pago. La edad dorada de la antigua Gr Grecia fue también la era del vino, que se convirtió en la principal exportación del vasto comercio marítimo griego. Los licores como el brandy o el ron reconfortaron a los marineros en los interminables viajes de los grandes exploradores y contribuyeron al horror que supuso el comercio de esclavos. Aunque el café surgió en el mundo árabe, estimuló el pensamiento innovador y revolucionario durante la Edad de la Razón, cuando los cafés se convirtieron en lugares de intercambio intelectual. Siglos después de que los chinos comenzaran a beber té, esta infusión se hizo tan popular en el Reino Unido que empezó a marcar la política exterior británica en pleno apogeo de su imperio. Las bebidas carbonatadas fueron inventadas en Europa a finales del siglo XVIII, pero se convirtieron en un fenómeno del siglo XX, cuando Coca-Cola se erigió en el emblema de la globalización. Leer este inteligente e iluminador ensayo cambiará para siempre cómo percibimos nuestras bebidas favoritas.

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Bienvenidos al enésimo libro que trata de narrar las curiosidades más curiosas de la historia de la ciencia, de sus hallazgos, de sus científicos, de sus serendipias, de sus secretos de alcoba, de sus engaños y fraudes, de sus cambios de paradigma, de sus influencias en el devenir de la humanidad.

Sin embargo, Ian Crofton no ha escrito un libro más. A pesar de que he leído muchos libros como éste, es la primera vez que más de 50 % de las anécdotas no las había leído en ningún otro sitio. Además, la prosa de Crofton es muy agradable, y se preocupa de imprimir un tono cercano y entretenido, sin sacrificar demasiado el rigor. Eso sí: para disfrutar plenamente de esta obra, cuyo título no puede ser más festivo (Historia de la ciencia sin los trozos aburridos), es imprescindible firmar un contrato de evasión antes de subir al tiovivo.

Os lo dice alguien que es aficionado a la comida extrema. No me refiero a lo estrictamente gastronómico (que también un poco), del estilo Patrick Bertoletti, que tiene el récord de comer la mayor cantidad de pastel de lima ácida, encurtidos y rebanadas de pizza, así como 275 pimientos jalapeños, en ocho minutos. No me refiero a él ni a otros gurgitadores (nombre que reciben estos personajes según la Federación Internacional de Comida Competitiva). A lo que yo soy adicto es a la información curiosa y/o banal, que calma mi hambre epistémica. E Historias de la ciencia sin los trozos aburridos la calmó por bastante tiempo. Como ver la película La gran comilona en bucle.

Crofton me recuerda a un divertido concurso auspiciado por los Monty Python llamado “Resuma usted a Proust”, un certamen público en el que los participantes deben resumir los siete volúmenes de la obra de Marcel Proust, En busca del tiempo perdido, en sólo quince segundos. Crofton ha hecho algo parecido con la historia de la ciencia, pero dedicando cada uno de los segundos en resaltar aquellas partes que realmente resultan entretenidísimas. Así pues, hay grandes huecos, pero no importa: Crofton no pretende escribir un libro de historia, sino un libro curioso que acaso incite a leer otros libros que rellenen tales huecos.

¿Cansado de la ley de Ohm? ¿Harto de la estadística? Hastiado del número de Avogadro? ¿La entropía le suena a entronque, las globulinas a globos pequeños? Entonces el lector necesita una dosis de La ciencia sin la parte aburrida.

Esta cronología de curiosidades científicas comprende multitud de teorías estrafalarias, experimentos inverosímiles, profesores chiflados, charlatanes cuestionables, bromistas traviesos, expertos engañados, y una serie inestimable de especulaciones absurdas y sin fundamento. Lea todo acerca de: Los intentos de los soviéticos para crear un híbrido simio-humano… La convicción de sir John Herschel del valor nutritivo del serrín… La investigación de Darwin sobre la musicalidad de las lombrices de tierra… El distinguido médico inglés que se inyectó testículos de cobayas… El hombre que temía que la energía de las mareas podría atraer a la Luna peligrosamente cerca de la Tierra… El experimento que afirmaba demostrar que el alma pesa exactamente 21 gramos.Éstos son sólo algunos de los pintorescos y asombrosos relatos que encontrará entre las páginas de La ciencia sin la parte aburrida, desde los más sublimes hasta los absolutamente ridículos, con especial énfasis en estos últimos.

Editorial Ariel
Colección Claves
384 páginas
ISBN: 978-84-344-6958-7

Junto al efecto Streisand, me gusta particularmente la Ley de Linus, que más o menos reza que mil ojos ven más que uno, y que cualquier error expuesto a miles de ojos seguramente saldrá a la luz más fácilmente que si se expone solo a un reducido número de personas, aunque todas ella sean expertas.

Es uno de los secretos en los que reside el éxito de la arquitectura de Wikipedia, por ejemplo: al haber tanta gente editando, corrigiendo y leyenda, Wikipedia produce un número de errores porcentualmente similar o incluso inferior al epítome de las enciclopedias elaboradas por expertos remunerados: la Enciclopedia Británica.

Pero las cosas tienen mucha más miga de lo que parece. No sólo basta con que haya muchos ojos, sino que deben de estar conectados entre sí de un modo correcto, haciendo prevalecer la diversidad, la libertad, la independencia y las jerarquías flexibles. Y de eso trata Cien mejor que uno, de indagar en tales características, de indagar en los estudios y experimentos que sugieren que los grupos diversos de personas medianamente competentes (incluso si se han colado incompetentes) resultan más eficaces para resolver problemas que los cerebros únicos y geniales o los grupos de expertos poco variados.

El tema es, a priori, contraintuitivo: yo mismo he declarado a menudo que la masa es imbécil, que las mayorías se equivocan, que los grupos se radicalizan. Fui un fervoroso lector de Ortega y Gasset y La rebelión de las masas. Pero Ortega y Gasset andaba errado porque no disponía de la suficiente información acerca del fenómeno de las masas. Las masas son imbéciles, sí, pero Internet nos demuestra que basta con conectarlas adecuadamente para generar supercerebros que exceden en competencias a cualquier cerebro brillante.

James Surowiecki, un experto en el tema, aporta ejemplos de ello en todas las áreas inimaginables, desde la política hasta la inteligencia militar, pasando por la enconomía o los problemas cotidianos. Tras la lectura de Cien mejor que uno, empieza a florecer en ti la sospecha de que, quizá, el ser humano del futuro no será un individuo, sino una red de pares colaborativa 2.0. Y que esa estructura será la única capaz de salvarnos de nosotros mismos.

Esta noción en apariencia contraria a lo que nos dicta la intuición tiene consecuencias muy importantes en lo que respecta el funcionamiento de las empresas, el progreso del conocimiento, la organización de la economía y nuestro régimen de vida cotidiano. Con una erudición que no parece conocer límites y una prosa estupendamente clara, Surowiecki explora campos tan diversos como la cultura popular, la psicología, el conductismo económico, la inteligencia artificial, la historia militar y la teoría económica, todo ello a fin de demostrar cómo funciona el mencionado principio en el mundo real. A pesar de que la argumentación es necesariamente compleja, Surowiecki logra presentarla de manera muy amena y los ejemplos que cita son tan realistas como sorprendentes y divertidos. ¿Por qué nos colocamos siempre en la fila de los lentos? ¿Por qué es posible comprar una tuerca en cualquier parte del mundo y que case con el tornillo correspondiente de cualquier otro lugar? ¿Por qué se producen los embotellamientos de tráfico? ¿Cuál es la mejor táctica para ganar dinero en un concurso televisado?

El anhelo por tener más que el otro (que socialmente acostumbra a significar ser más que el otro), el consumo conspicuo (que es desaforado desde hace miles de años, mucho antes de que existiera el marketing), el alarde (que incluso distinguimos en animales como el pavo real), los intercambios comerciales (que siempre han tenido lugar en mayor proporción en las ciudades o regiones más prósperas, libres y abiertas de mente)… todo eso, y mucho más asociado al vil brillo del metal fenicio, en realidad constituye el epicentro sobre el que orbitan los demás asuntos del ser humano.

Sin todo ello, aún viviríamos en las cavernas, y probablemente ya nos hubiéramos extinguido como especie. Martin Lindstrom lo sabe bien, pero también es un buen vendedor, un excelente experto en marketing de reconocido prestigio internacional, y por eso evita el ensayo sesudo y didácticamente redundante y nos despliega un publirreportaje jalonado de música, luces y curiosidades rutilantes acerca de lo anteriormente. Y, sobre todo, acerca de los objetos mercables y cómo nos relacionamos con ellos a todos los niveles, sobre todo psicológicamente, neuronalmente.

 

El consumo, tamizado por lo audiovisual, está tan integrado ya en nuestra cultura, requiere ya de una radiografía neutra, sin posicionamientos ideológicos acerbos, que basta la siguiente anécdota: el 30 de marzo de 2007, 110 personas jugaron los mismos números que hallaron en una galleta de la fortuna (22, 28, 32, 33, 39, 40…, como si fueran los números enigmáticos de Lost). Esas personas ganaron el segundo premio del Powerball, el equivalente a cantidades que oscilaron entre 100.000 y 500.000 dólares, con un coste total para la asociación de loterías próximo a los 19 millones de dólares.

Y ahora viene lo bueno: las galletas de la fortuna no son una tradición china ancestral, sino que fue un invento de marketing de los inmigrantes chinos que se instalaron en San Francisco, que acabaron convirtiendo el Chinatown de la ciudad en una suerte de plató de rodaje o parque temático donde se exageran todas las facetas culturales que asociamos inconscientemente a los chinos. Galletitas de la suerte incluidas.

De todo esto trata Buyology. Un estudio sobre el marketing desde el punto de vista de la psicología y las tecnologías de la neuroimagen, en lo que se ha venido a llamar neuromarketing.

Con un añadido importante: cuanto más sepamos sobre cómo tropezamos en las tácticas de los anunciantes, mejor podremos defendernos de ellas. Y cuanto más sepan las empresas sobre nuestras necesidades y nuestros deseos subsconscientes, más productos útiles y con significado podrán ofrecernos.

Experto en branding y neuromarketing, Martin Lindstrom es un reconocido orador y consultor a nivel mundial. Además, Lindstrom trabajó como ejecutivo de BBDDO durante varios años. Está considerado uno de los hombres más influyentes del mundo por la revista Time.

Si queréis saber más sobre mi opinión acerca del comercio y el consumo, mi artículo al respecto: ¿Somos ahora más materialistas y despilfarradores que antes?

Gestión 2000, 2010
272 páginas

Decía Dunbar, el piloto de Trampa 22, de Joseph Heller, que si el tiempo vuela cuando uno se divierte, la mejor forma de ralentizar el paso del tiempo es haciendo que la vida sea lo más aburrida posible. Estoy de acuerdo, pero podemos darle la vuelta al argumento.

Dado que vivir aburrido es horrible, vivir una vida muy dilatada es una tortura. Así que prefiero sentir que la vida es corta pero intensa, llena de diversión. O dicho de otro modo: si para vivir más tengo que mirar una pared, prefiero vivir poco y contemplar la pantalla de una televisión.

Todos los que hemos vivido durante el siglo XX tenemos una cultura esencialmente catódica. Eso es así. Pero eso no es necesariamente malo. Por supuesto, si todos tuviéramos una cultura basada en los mejores pensadores del siglo, las cosas irían de otra manera. Pero el hecho de que nuestro cerebro se haya llenado de películas, series y magacines, si bien no es el mejor de los mundos posibles, sí que es un escenario infinitamente mejor que el anterior: un mundo sin televisión.

La cultura de masas, proporcionada esencialmente por la televisión, incrementa la inteligencia general de la gente (al menos determinadas parcelas de la inteligencia), lo cual explica que la televisión, sobre todo la ficción televisiva, cada vez sea más compleja y densa. Canción triste de Hill Street, por ejemplo, fue una serie de televisión que se hizo célebre en un principio por lo complejo de su trama, porque mantenía diversas líneas narrativas, y eso suponía un reto para el telespectador. Hoy en día, Los Soprano es cien veces más compleja y Canción triste de Hill Street se nos antojaría sencilla.

Además, la complejidad narrativa de las series permite, como demuestra Mark Rowlands, que se pueden llevar a cabo profundas reflexiones sobre la condición humana analizando algunos capítulos televisivos. Que es lo que propone en este divertimento no exento de seso titulado Todo lo que sé lo aprendí de la tele. Sí, la unión de filosofía y televisión es posible.

¿Cómo definiría en qué consiste eso del buen vivir? Homer Simpson y familia no son capaces de ponerse de acuerdo con la forma de vida propuesta por Nietzsche y Epicuro, por mencionar dos formas de pensar totalmente opuestas. ¿Qué significa asumir responsabilidades? Buffy pone en un compromiso a David Hume y a Jean-Paul Sartre. ¿Dónde acaba el amor y empieza la amistad? Platón, Aristóteles y Schopenhauer tratan de que Rachel y Ross, garcias a Friends, sean mejores amantes. Y así con todo.

Sin duda, un libro necesario para reivindicar que la caja tonta, realmente, no es tan tonta como parece.

Editorial Edaf
Colección EDAF Ensayo
Páginas: 312
ISBN: 978-84-414-2014-4

A propósito de la educación y la crianza de los niños, existen dos visiones extremas de la naturaleza humana. Una trágica que se resigna a sus defectos, que considera que los niños ya nacen con una cuota de éxito genético determinado mayormente por el éxito de sus padres, y otra utópica que niega su existencia, considerando que todos nacemos como masas amorfas de barro que pueden ser mejoradas por el medio.

La primera sostiene que toda la responsabilidad sobre la crianza recae en uno mismo; la segunda que recae en el sistema. Ambas se posicionan a los dos lados de la línea divisoria entre las ideologías políticas de la derecha y la izquierda. Y los recientes hallazgos entre genes, ambiente y epigenética ponen en evidencia que ambas posturas extremas son erróneas. Probablemente la realidad sobre la naturaleza humana se encuentra en un punto equidistante entre las dos posturas. Estamos determinados, pero también hay cierto espacio para la crianza, la educación, las oportunidades.

Para los que consideren que el fiel de la balanza está en medio o, al menos, se inclina favorablemente hacia el lado de la crianza, el presente libro les será de gran utilidad. Porque Las grandes preguntas de los niños y las sencillas respuestas de los grandes expertos, compilado por Gemma Elwin Harris, contiene toda clase de enseñanzas que hará de muchos niños adultos cultos, críticos y curiosos; y de muchos adultos individuos con mayor predisposición a plantearse las grandes preguntas.

Porque las grandes preguntas, en realidad, no difieren demasiado de las pequeñas preguntas, aquéllas que formulan machaconamente los niños y que, si se responden con rigor, permiten tirar del hilo de Ariadna de mil cuestiones más. Se dice que no hay preguntas tontas, sino respuestas idiotas, y este libro demuestra ambas facetas de la sentencia. Las preguntas, en apariencia sencillas, son en realidad preguntas pertinentes, que todos nosotros podríamos hacernos algún día; y las respuestas han sido escrita por una colección de científicos, filósofos, eruditos y soñadores que se encuentran entre lo más granado del mundo intelectual.

Así pues, preguntas del tipo ¿por qué existe el mal?, ¿por qué los hombres tienen barba y las mujeres no?, ¿quién es Dios?, ¿por qué está tan caliente el sol?, ¿por qué los animales no hablan como nosotros?, ¿por qué cocemos la comida? o ¿qué puedes hacer si estás en un barco sin comida y sin agua? son algunas de las preguntas que tratan de responder en una o dos páginas personajes como Richard Dawkins, Noam Chomsky, David Attenborough, Marcus du Sautoy, Alain de Botton, David Crystal, Simon Singh, A.C. Grayling, Lawrence Krauss, Julian Baggini, John Gribbin, Gary Marcus, Clay Shirky, Robin Dunbar… y así decenas y decenas de autores que ya han sido reseñados por aquí en más de una ocasión.

Las preguntas fueron recabadas por la compiladora tras rastrear diez escuelas de primaria. Miles de niños entre cuatro y doce años enviaron sus preguntas. Las mejores fueron publicadas aquí. Una forma idónea de introducir a los niños en las grandes pequeñas preguntas, o las pequeñas grandes preguntas. Y, también, una forma de introducción en el pensamiento de todos los autores seleccionados.

El único aspecto negativo de un libro de apenas 300 páginas con 100 preguntas y respuestas es la falta de profundidad de algunas respuestas, y que el esfuerzo por simplificar las respuestas en ocasiones restan rigor a las mismas. Pero como ya he señalado, estas respuestas son para niños, o para adultos que quieren tirar del hilo de Ariadna. Cuando eso ocurra, entonces podéis leer algunos de los libros de los autores seleccionados que hemos reseñado por aquí:

‘Evolución’ de Richard Dawkins
‘Los misterios de los números’ de Marcus du Sautoy
‘Ansiedad por el estatus’ de Alain de Botton
‘El buen libro. Una biblia humanista’ de A. C. Grayling
‘El cerdo que quería ser jamón”, de Julian Baggini
‘Kluge: la azarosa construcción de la mente humana’ de Gary Marcus
‘Excedente cognitivo’ de Clay Shirky
‘El miedo a la ciencia’ de Robin Dunbar

Editorial Paidós
Colección Contextos
288 páginas
ISBN: 978-84-493-2961-6

Reconozco que soy un coleccionista de trivialidades. Hay tantas que, por temor a olvidarlas, las empecé a guardar en papeles, recortes y apuntes. Cuando almacené demasiados papeles, me vi obligado a clasificarlos temáticamente, a fin de facilitar el acceso a determinados datos. Un ejemplo de los datos que recopilo: Michele Santelia, un contable italiano, ha conseguido teclear al revés el texto de 64 libros (3.361.851 palabras, 19.549.382 caracteres) en su lengua original; entre los libros figuran La Odisea, Macbeth, la Vulgata y la edición de 2002 del Libro Guinness de los Récords.

A día de hoy, tengo el equivalente en papeles a cien libros. Algún día puede que tenga mil. Y entonces volveré a tener el problema de que habrá demasiada información disponible, y de algún modo será como haberla olvidado, o incluso no haberla poseído nunca.

A pesar de estas consideraciones borgeanas, me resisto a abandonar mi colección de datos que no quiero olvidar, acaso espoleado por una pulsión irracional que podríamos definir como hambre epistémica o, de forma más prosaica, curiosidad. Y de eso trata uno de los últimos libros del prolífico Phillip Ball: de la Curiosidad. De por qué sentimos curiosidad, de por qué nos interesa, potencialmente, todo. El título bajo el cual ha recogido Ball su grueso ensayo no podría ser otro: Curiosidad.

En Curiosidad, Ball también recorre los hitos de astrónomos, químicos o físicos que, en un mundo donde la curiosidad estaba mal vista a rebufo del pecado original cometido por la Eva bíblica, optaron por retirar las sombras, preguntarse el por qué de las cosas, sustituir la magia y la sofistería por evidencias. Fueron héroes porque algunos pioneros en la Edad Media pagaron, en ocasiones con la vida, un exceso de curiosidad. Por ejemplo, la historia de Kepler, quien perseverando reveló la estructura de los movimientos de los planetas, alejando a la Tierra del centro del Universo. O la odisea de Galileo, que se enfrentó a la Iglesia tras ver con sus propios ojos, gracias a un modesto telescopio, cómo eran la Luna y algunos planetas. La vida de Robert Hooke nos revelará cómo una persona sin apenas recursos puede convertirse en una persona relevante en la ciencia, usando como único motor su curiosidad innata.

Ball nos describe con minuciosidad el brillo en los ojos de estos personajes, y lo hace con cercanía y rigor. No en vano, Ball pertenece a esta estirpe de hombres: es químico y doctor en Física por la Universidad de Bristol. Editor de la revista Nature, colabora regularmente con New Scientist y otras publicaciones científicas. Es, además, miembro del departamento de Química del University College de Londres. Y ha publicado ya un buen número de libros considerados definitivos en las materias que trata, como es el caso de H20: Biografía del agua, el premio Aventis 2005, Masa Crítica, La invención del color (que ya reseñamos por aquí) o El instinto musical.

Editorial Turner
Colección Noema
Páginas: 592
ISBN: 978-84-15832-09-6